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El Periódico de Aragón

Javier Lafuente

El músico de la calle Delicias

Pasear por la calle Delicias, la arteria emblemática del barrio que lleva su nombre, sigue siendo un gran placer. Cierto es que negocios que le daban identidad cerraron sus persianas. Los que siguen aspiran a recuperar el brillo del pasado y unos cuantos, todo hay que decirlo, viven con inquietud los momentos previos al cierre, a mediodía y por la tarde, ya que a la luz del día se han producido atracos en plan relámpago que dejan una sensación de angustia. Pero es que el corazón del barrio tiene un poco de todo. Por la mañana temprano, la calle recupera su vitalidad y el bullicio se impone poco a poco de una punta a otra. A mitad del recorrido se levanta el Jardín Vertical, ese extraño edificio con rampa que lleva años cerrado porque su pretensión lúdica, como centro de esparcimiento vecinal, chocó con otra realidad más escabrosa.

Desde enero suena en la calle la suave trompeta de un músico, Johann, que ameniza las horas sin estridencias. Su repertorio incluye versiones de temas que invitan a frenar el paso para acomodarlo a las notas de Amor de mis amores, de Agustín Lara; La vie en rose, de Édith Piaf; Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero, o Can’t help falling in love, que inmortalizó Elvis Presley. No es el único. La crisis ha llevado a músicos como él a buscarse un rincón en esa vía comercial. Hace unos días terminé de leer La violonchelista, una magnífica novela de espionaje del estadounidense Daniel Silva, en la terraza de un bar cercano al puesto de Johann. Sonaba la versión de Amigo, de Roberto Carlos, y comprobé cómo reconfortaba los rostros de los viandantes.

Tal vez lo que necesita la calle Delicias es más arte callejero y sosegado para recupera su esplendor.

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