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El Periódico de Aragón

José Luis Corral

Soria..., que no se olvide

Esta semana estoy recorriendo varias localidades de la provincia de Soria por motivos histórico-literarios (San Esteban de Gormaz, Ágreda, Soria capital), y una vez más he vuelto a comprobar el formidable espíritu de resistencia que anida en el corazón de los sorianos, y que, probablemente, esté anclado en su imaginario colectivo desde aquellos lejanos tiempos, hace ya más de dos milenios, cuando una pequeña ciudad de tres o cuatro mil habitantes aguantó durante veinte años las embestidas de la poderosa República imperialista romana; y ahí sigue ese mismo espíritu, más pacífico pero no menos combativo.

Desde lo alto del cerro amesetado de Garray, donde se alzan las ruinas de Numancia (vuelvo allí todos los años), la ciudad arévaca que mantuvo en jaque a las legiones romanas, se atisba un paisaje colosal, con las sierras de la Demanda y Urbión al norte, todavía ayer, viernes 5 de mayo, con sus picos nevados.

Es desalentador, y a la vez paradójicamente magnífico, visitar cada año esta tierra y comprobar cómo la sangría demográfica va haciendo mella en todos y cada uno de sus pueblos, y cómo se van cerrando casas y hogares cuando la vida se apaga en ellos y no se encuentra, ni se busca, alternativa alguna para la regeneración.

Esto no pasa solo en Soria. Buena parte de la superficie de España camina inexorablemente hacia la despoblación absoluta, y no parece que haya remedio, ni voluntad política, por supuesto, para detener este drama.

Políticos ignorantes e insensibles de todos los colores (alguna ahora también autoproclamada «pandillera y callejera», ¡qué cosas hay que escuchar!) se inventan extrañas y mendaces historias de España, y denominan «colonización» a la sangrienta invasión romana de la Península ibérica en los siglos III al I a. C., e «invasión» a la conquista islámica, que se produjo en la inmensa mayoría de los casos por capitulación y pacto (¡qué cosas, eh!). Desde Madrid se mira hacia la España que se despuebla con una absoluta indiferencia, pero a la vez, su hacienda recauda el IVA del gasoil que los campesinos sorianos echan en sus tractores para labrar los campos que suministrarán el pan y el vino a los capitalinos, o del forraje y el pienso que alimentará a terneras y cerdos cuya carne se consumirá en sus tiendas y restaurantes.

Y esto sucede año tras año, sin que se atisbe ningún plan, ni la menor intención de cambiar esta dinámica, ni de dinamizar el territorio de esa España profunda a la que algunos solo citan para perpetuar un rancio patrioterismo.

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