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Mariano Berges

El artículo del día

Mariano Berges

Ayer, hoy... y mañana

Cada generación tiene el derecho y el deber de construir su presente y preparar su futuro

Como yo soy mayor recuerdo con emoción el 28 de octubre de 1982, fecha de la primera victoria socialista, con mayoría absoluta, la máxima habida hasta ahora –202 escaños–, y el surgimiento de la figura de Felipe González con su propósito, en gran parte cumplido, de modernizar y europeizar a España. Fueron catorce años de potente gobierno socialista hasta que el cansancio y ciertos pasajes de corrupción agotaron esa fuerza política. Todo fue bien mientras duró. Pero se trata de una lógica aplicable a todas las cosas, inanimadas y animadas, y más todavía a la conducta humana, tanto individual como colectiva.

Gregor

De entonces a ahora han pasado muchos años y muchas cosas. Pero si lanzamos una mirada panorámica, exenta de prejuicios, observamos que cada época tiene sus características y sus protagonistas. Que no es justo ni sano analizar el presente con criterios del pasado. Yo siempre he defendido que cada generación tiene el derecho y el deber de construir su presente y preparar su futuro. Y que los mayores tenemos la obligación de ponernos en su lugar e intentar entender qué y por qué hacen lo que hacen. El análisis del presente no se puede hacer desde nuestras viejas coordenadas, alimentadas por una nostalgia improductiva y estéril.

Temeridad

Pues bien, en la actualidad, tenemos un gobierno de coalición entre PSOE y una presunta izquierda de la izquierda, que a trancas y barrancas va sacando adelante una legislatura nada fácil. Su presidente es un socialista joven, desconocido hasta hace muy poco tiempo, audaz hasta casi la temeridad, que se ha atrevido a elaborar unas fórmulas, alianzas y propuestas, a las que desde unos parámetros seniors, entre los que me incluyo, les dábamos poco tiempo de duración. Le hemos negado el pan y la sal. Lo hemos tildado de superviviente a costa de las esencias socialistas que estaba dilapidando. Y él ha aguantado carros y carretas; ha surfeado como nadie todo tipo de olas, amigas y enemigas; ha mantenido el tipo y nunca ha dejado de pergeñar un futuro más o menos borroso pero mínimamente viable. Hacer todo eso solo y aun en contra de las esencias socialistas, de insultos de los suyos y de los contrarios, de análisis descalificadores de los medios amigos, menos amigos y enemigos y, a lo máximo, con la indiferencia de los más, todo ello no deja de tener su mérito, si no poético sí épico.

Sí que hay algo a lo que, ni en la actualidad ni en el pasado, se le ha metido mano: la poca calidad de nuestras instituciones. Se trata de un mal endémico y sistémico de nuestro país de cuya regeneración huimos permanentemente. Lo nuestro es el presentismo y no la planificación estratégica. Nunca hemos entendido que la política es un proceso donde unos lo planifican, otros lo llevan a cabo y los terceros lo modifican. Si quitásemos de nuestra liturgia tanta inauguración y todos tuviéramos la dignidad de reconocer los méritos de los demás, todo sería más limpio.

Impertérrito

Pues bien, sigo con lo que estábamos: el «gobierno Frankestein» sigue impertérrito su andadura entre la pandemia vírica, la guerra de Ucrania y la crisis energética que nos rodean. Nadie nace aprendido y todos tenemos que desaprender para volver a mirar con un nuevo visor lo que ocurre en la actualidad. Lo que no es fácil y exige eso que los clásicos llamaban la metanoia o reconversión de la mente.

No me he reconvertido en fan de Sánchez, pero algún mérito habrá que otorgarle. Y junto a Sánchez a todos los acompañantes bajo palio, que sin exquisitez pero con aguerrida militancia (¿interesada?) lo siguen y corean. ¿Es Sánchez el problema? ¿Es la solución? Quizás sea el problema y la solución.

He escrito este artículo desde y contra mis prejuicios y, como siempre, reivindicando el derecho a equivocarme. Pensar y opinar nos hace más libres.

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