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El Periódico de Aragón

Editorial

Andorra cierra una etapa y debe comenzar otra

Andorra vivió ayer uno de esos acontecimientos que quedarán en la historia del municipio y de Aragón y en el recuerdo de muchos de los habitantes de la zona. En seis segundos, Endesa derribó con 275 kilos de explosivos lo que ha sido el símbolo de las cuencas mineras en el Bajo Aragón: las tres torres de refrigeración de la central térmica que se levantaron entre los años 1978 y 1979 y dejaron de funcionar en junio de 2020. Aparte del cambio en el paisaje, lo que supone es borrar un referente industrial de 40 años que ha generado empleo y riqueza en la comarca. La muerte de una empresa que se anunció en el año 2000 con el cierre de las primeras minas y la defunción definitiva que se fraguó en 2018 cuando la Unión Europea dio el paso hacia la descarbonización y Endesa tomó la decisión de cerrar sus centrales térmicas, entre ellas la de Teruel.

Es el fin de una etapa pero debería ser el inicio de otra, al menos tan próspera como la que está acabando en estos momentos. Ahí es donde radican muchas dudas entre los ciudadanos. Pero el nuevo ciclo está escrito. Hay todo un complejo de futuras actuaciones empresariales con energías renovables que van a transformar no solo el skyline de la comarca, sino la configuración laboral de los habitantes de la zona, aparte de que el cambio suponga un auténtico compromiso social, empresarial y político con la sostenibilidad del planeta.

El anuncio de esta semana de que la importante empresa química catalana Oxaquim, que ya tiene una planta en Alcañiz, va a invertir 370 millones en otra factoría en Andorra y que negocia la compra de 30 hectáreas junto a la térmica demolida para levantar hasta 2028 un proyecto con 380 empleos, que será todo un referente mundial, es un paso muy importante. Como las inversiones anunciadas ayer mismo por Endesa. Pero la gente desconfía. Y lo hace porque hay muchos anuncios que, por ahora, no se han cumplido, como el famoso convenio de transición justa que todos los políticos prometieron y del que nada se sabe. O esos compromisos de próximas empresas que se hicieron hace ya más de tres años, y tardan en llegar o no lo hacen, o el polígono de Andorra que se desarrollaría después del carbón y va renqueante. Todo esto hace mella en la población de las comarcas mineras que, por un lado, siente que sí que va a haber un impulso económico en la zona, de la mano de las instituciones, pero tarda en verlo, y por otro ve con nostalgia cómo cae un símbolo de prosperidad del territorio y no tiene muy claro cómo, cuándo y de qué manera será sustituido.

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