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El Periódico de Aragón

Javier Lafuente

Adoctrinar, según la derecha

Hace dos años, Pablo Casado acudió un colegio religioso de Madrid para acusar a la izquierda de adoctrinar a los escolares del país. Lo hizo delante del crucifijo de un aula. Fue uno de los mejores gags de su carrera en la comedia política. Por sus críticas, se diría que el Gobierno español imponía a niñas y niños la lectura de libros marxistas, les proyectaba películas de Eisenstein, Loach, Pontecorvo o Bardem (lo que, por otra parte, tampoco estaría de más), colocaba imágenes de Durruti y Dolores Ibárruri y premiaba con mejor nota a quienes cantaran A las barricadas al llegar a clase. Pero no. Cuando Casado –defenestrado por su gente al ponerse serio– hablaba de adoctrinar, se refería a conceptos tan espantosos para él y los suyos como el feminismo, la educación sexual o la igualdad de género. Pablo Casado ya no está, pero buena parte de la derecha sigue pensando que hablar de feminismo y educar en el respeto a la mujer (el incremento de la violencia sexual entre menores de edad es alarmante) significa adoctrinar.

El pasado martes nos enteramos de que la izquierda también está adoctrinando con las lenguas periféricas del Estado. Al menos, así lo expresaron PP y Vox durante la sesión parlamentaria. Un diputado popular, Óscar Clavell, tuvo su momento de gloria al proponer la creación de un cuerpo de inspección educativa para impedir que se adoctrine en catalán, vasco o gallego. Quizá porque para tal fin ya se basta solo el castellano. Que la proposición de ley, luego rechazada en el pleno, se saltara la Constitución y las competencias autonómicas le daba igual al tal Clavell. El caso era aclarar que, para la derecha, solo adoctrina la izquierda. Aunque no utilice crucifijos. H

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