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El Periódico de Aragón

Editorial

Bochorno en Sanxenxo

La expresión Bochorno en Sanxenxo, utilizada en un tuit por Carmen Calvo, la exvicepresidenta del Gobierno, para aludir de un modo elíptico a la llegada de Juan Carlos de Borbón a Galicia, resume el sentimiento de muchos ciudadanos. No se trata de la vuelta del rey emérito en sí misma, controvertida pero legítima y humanamente comprensible, sino de la forma que esta ha adoptado y las condiciones que no ha cumplido previamente. Sin que el monarca haya ofrecido explicaciones por los graves sucesos que le obligaron a marcharse al extranjero y con una agenda que empieza con una llegada en jet privado y una regata. Como si no pasara nada. Como si se tratara de una visita más de las que solía hacer a Mallorca o a Barcelona, cuando reinaba, para subirse al yate Bribón y navegar con sus amigos.

Es cierto que Juan Carlos no tiene ninguna causa pendiente ante un tribunal español y que la Fiscalía del Tribunal Supremo ha considerado que algunos de los delitos en los que había presuntamente incurrido han prescrito o quedaban cubiertos por la inviolabilidad que le protegía mientras ejercía como jefe del Estado. Sin embargo, el rey emérito no puede obviar, por el conocimiento que se le supone de la institución monárquica y de la situación política, que este retorno, después de 650 días pasados en Abu Dhabi, tiene hondas repercusiones para la credibilidad de la institución que un día encarnó.

Si Juan Carlos hubiese puesto por delante la necesidad de no añadir leña a un panorama político ya de por si polarizado, y la defensa de la monarquía que encabeza Felipe VI desde que él abdicó, no hubiese comenzado su visita a España por un acto festivo como el de Sanxenxo, envuelto en un dudoso olor de multitudes y arropado por incondicionales que le esperaban en la dársena del puerto. A quien ha sido el representante de la máxima institución española durante casi cuatro décadas se le podía exigir otro comportamiento. Más discreto, presidido por la humildad y asumiendo la gravedad de los sucesos que protagonizó en los últimos lustros y que le tienen todavía pendiente de una vista ante la justicia británica.

Las inéditas imágenes de Sanxenxo han sido todo lo contrario. Acompañado de su hija, la infanta Elena, el rey emérito ha pretendido volver como si nada hubiese sucedido. Como si los más de 600 días en Abu Dhabi fueran un paréntesis, cuando no lo son, y no solo por su anunciada declaración de volver a los Emiratos Árabes, tras su corta estancia en España, y de seguir residiendo allí.

El lunes, Juan Carlos tiene prevista la última y más delicada etapa de su visita: el encuentro con su familia en el palacio de la Zarzuela. Hubiese sido razonable empezar por ver al Rey Felipe VI tras una ausencia tan larga, y solo las tensiones que han existido en la preparación de un viaje que ni la Moncloa ni la Casa Real veían con buenos ojos explican el despropósito de comenzar por una regata en Galicia. Sin embargo, si Juan Carlos quiere seguir contribuyendo a la estabilidad y a la democracia española –como hizo en ocasiones destacadas durante los primeros años de su mandato– debe hacer de este encuentro de la familia Real un acto de reconocimiento de la nueva etapa que su hijo se esfuerza en abrir para la monarquía española. Una etapa marcada por la transparencia, la rendición de cuentas y la responsabilidad social de la monarquía y sus representantes. Todo lo contrario de lo que ha sido la actuación de Juan Carlos I. Para ello, el rey emérito debe salir de la burbuja en la que vive y que le ha llevado a Sanxenxo, no alimentar la imagen de que al Rey no le manda nadie que es tanto como reivindicar el clima que seguramente le llevó a actuar como actuó, y aceptar que su conducta es reprobada por una parte muy significativa de las fuerzas políticas y de la opinión pública española e internacional.

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