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El Periódico de Aragón

Candido Marquesan

El gran problema de nuestra democracia

El asfixiante proceso de nacionalización franquista propició los nacionalismos periféricos

A la muerte de Franco, Juan J. Linz escribía, en el IV Informe Foessa, que España era «un Estado para todos los españoles, una nación-Estado para gran parte de la población, y sólo un Estado y no una nación para minorías importantes». Hoy, esas «minorías importantes», se han incrementado. Fijémonos en Cataluña y en Euskadi.

Según Tomás Pérez Viejo, el fracaso de un Estado-nación se muestra cuando es incapaz de conseguir que todos sus ciudadanos se sientan parte de una misma comunidad nacional. Las naciones no son realidades objetivas, sino mitos de pertenencia que se construyen y renuevan en el tiempo. Ya lo dijo Renan en una conferencia de 1882. ¿Qué es una nación? La nación es un plebiscito cotidiano, pacto de convivencia renovado día a día y siempre contingente. Y algunos no entienden que ese sentimiento no se puede imponer ni por ley ni a banderazo limpio. De hacerlo así puede ser contraproducente. Miremos nuestra historia.

El franquismo procedió a super-nacionalizar a toda la sociedad española hasta la extenuación. Su ideario: España es un Estado uninacional, un ente indisoluble, una Unidad de Destino en lo Universal. Monopolizado el españolismo por el franquismo y los aparatos del Estado, el antifranquismo se impregnó de las culturas nacionales alternativas y planteó en su gran mayoría el proceso de democratización, sobre todo como un proceso de replanteamiento del Estado en su modelo territorial y de reconocimiento de su pluralidad nacional y su derecho de autodeterminación. Cobraron fuerza las reivindicaciones de las naciones alternativas, que incluso iban más allá del pacto entre una parte de esos nacionalismos, como el catalán, y el republicanismo y las izquierdas españolas en la II República. Democracia era sinónimo de reconocimiento de las distintas realidades nacionales. El asfixiante proceso de nacionalización franquista propició los nacionalismos periféricos. Y esta es la realidad con la que se encontraron los políticos de la transición. Sin embargo –por las dificultades objetivas o la indigencia intelectual respecto al hecho nacional de las élites que hicieron la transición–, el régimen político nacido de la Constitución de 1978 abandonó casi por completo cualquier proyecto de construcción nacional e hizo suyo el relato de una nación española a la defensiva, laminada entre proyectos de tipo centrífugo y un horizonte europeo que se ofrecía como solución, pero no como proyecto nacional propio. El resultado: un acelerado proceso de desnacionalización de España y de nacionalización de sujetos políticos alternativos.

Los políticos implicados en el diseño de la transición sobre el problema de los nacionalismos fue dar por hecho la existencia de una identidad nacional española de tipo esencialista, que se imponía per se. La ausencia de las élites políticas españolas en el diseño de una nación española fue pavorosa. Error en el que no cayeron los nacionalismos periféricos que, a pesar de su esencialismo, tuvieron muy claro desde el principio que la nación había que construirla. De ahí, las continuas llamadas de Jordi Pujol a «hacer Cataluña»; o de Xabier Arzalluz en el Aberri Eguna de 1995: «Primero hacer pueblo, luego la independencia».

Como respuesta al procés ha surgido en los últimos quince años un nacionalismo español reactivo y claramente excluyente. Lo explica Pablo Batalla Cueto en su libro reciente Los nuevos odres del nacionalismo español. Se manifiesta en el éxito Imperiofobia, de María Elvira Roca Barea, un libro con treinta y tantas ediciones –todo un ejemplo de revisionismo histórico, ya que incluso justifica la bonanza de la Inquisición– , en los cuadros de Augusto Ferrer-Dalmau, en los artículos de Arturo Pérez Reverte, en la veneración al marino del XVIII, Blas de Lezo, en la exaltación del Regimiento Alcántara y de los Tercios, o en el boom de determinada novela histórica, como La visigoda, La peregrina o Las campanas de Santiago de Isabel San Sebastián y, también en los gritos y consignas fanfarronas provenientes del deporte: «soy español, ¿a qué quieres que te gane?».

Nada nuevo. En su artículo Esa reacción españolista, Javier Moreno Luzón señala que se repite así una vieja pauta, según la cual el enfrentamiento entre estos dos nacionalismos –uno subestatal y otro de Estado– realimenta a ambos. Algo que ya ocurrió en otros periodos de la historia contemporánea, como a comienzos del siglo XX, cuando la irrupción del movimiento catalanista dio pábulo a un españolismo regeneracionista y a la postre militarizado; o en las discusiones sobre un posible Estatuto de Autonomía para Cataluña, en 1918 o en 1932, acompañadas de reacciones españolistas de masas. El lenguaje se tiñó entonces de anticatalanismo, una característica que se ha recuperado en los últimos tiempos.

Esta es la situación actual, en la que existen dos nacionalismos excluyentes, sin posibilidad de acuerdo alguno. Para un nacionalista español del tipo descrito, la única nación es España; para un nacionalista catalán, es Cataluña, España si acaso un Estado.

La nación se ha convertido en el sujeto político por excelencia de la modernidad y el «a cada nación, su Estado; y a cada Estado, su nación» en uno de los axiomas más indiscutidos del imaginario político contemporáneo. La única agenda política para salir de este bucle, sería basarla en los derechos e intereses de los ciudadanos, no en los de las naciones.

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