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El Periódico de Aragón

Eugenio Mateo

Eugenio Mateo

Narrador y poeta

La influencia climática de África

Nada de geopolítica, simple vecindad en la que el desierto avanza y se coloca a tiro de insolación

Desde hace unos cuantos años, la presencia de África en estas fechas toma en nuestras vidas un papel predominante. Nos invade literalmente sin que se pueda hacer nada, y esta vez, la invasión no es de pateras o saltos de valla. Viene del cielo, como si de designio hubiera que interpretarlo, para cubrir el aire con el sofoco que esparcen las dunas en desiertos lejanos. Es un fenómeno meteorológico, claro, pero no dejas de pensar que, ya que en el Sáhara siempre hace calor, se lo podrían guardar de reserva, por si acaso, y dejarnos de fastidiar con las calorinas que se avecinan. Es un hecho que estas olas de calor se vienen adelantando cada año, desde aquellos veranos previsibles a unas primaveras en sazón que se sienten calientes. Estamos en mayo y llega el primer combate: pasar del entorno de los 20º a casi los 40º. De momento, urge cambiar el fondo de armario y retirar el edredón de plumas, vestigios de una recóndita aventura escandinava, porque llega el verano sin avisar y a mí me ha pillado sin regar los rosales.

Si me lo permiten, estos trasiegos que se lleva el tiempo, porque vamos a ver, ¿qué ocurriría si la invasión climática fuera a la inversa y notásemos las frías puñaladas del Ártico? No se deberían tomar en broma. Es hasta posible que se haga bueno el refrán: hasta el 40 de mayo, no te quites el sayo, y nos llegue una helada tardana que haga volver de nuevo a la cansina costumbre de sacar la chupa del ropero. ¿Y por qué no?

Todo mi respeto para los negacionistas, con alguno de ellos comulgo casi con sus postulados, pero, de verdad, que a estas alturas alguien dude de a lo que nos enfrentamos, es, cuando menos, decepcionante. Yo nunca he atendido a esa corriente de opinión que niega la mayor. Y no lo he hecho porque tengo la suerte de ser testigo cercano de la naturaleza y la suerte me ha concedido ese favor que significa amaneceres con pájaros que trinan bullidores y los rastros hocicudos de los jabalíes que compiten con nosotros por las orquídeas mientras el escenario va cambiando de color. Temo la gran nube de arena que agostará los cipreses y siento angustia por el verde, como si su savia fuera la mía y su sed, mi sed. He aprendido a leer las nubes y estar al tanto cuando se precipitan y cada vez más me sorprenden por lo escasas. Por eso, negar el cambio del clima es una postura suicida.

Hace no mucho, en estas mismas páginas escribía de la pertinaz sequía y ahora, toca hablar del calor en vías de pertinaz. Son la nueva cruz de una moneda: la Tierra. Parece que temas tan complicados adormecieran las entendederas y nos reservaran un papel protocolario de figurantes. Sin embargo, no es en nuestros hábitos diarios donde está el problema, bien lo saben algunos. Hemos sido incluidos en un sistema como destinatarios y cumplimos las reglas del mercado; somos temerosos de la Ecología, algunos también de Dios, y reciclamos una vez a la semana. Hemos venido recibiendo apercibimientos de consumo excesivo de agua y hemos enmendado nuestro error. Hemos ahorrado en calefacción poniéndonos la bata, aunque esta vez el motivo no era solidario sino de obligado cumplimiento habida cuenta del precio de la luz. Nosotros cumplimos nuestra cuota de ahorro energético siempre que del coche ni se hable. Quid pro quo. Es un misterio ver los coches que circulan a pesar de tantas circunstancias vinculantes en contra. El simple factor del llenado del depósito supone un regate al presupuesto del mes, pero seguimos obstinados en hacer ricas a las petroleras. «Cosas veredes, amigo Sancho». Desde los despachos se tienen que estar riendo de nuestra contumacia en arreglar, mes tras mes, su cuenta de explotación, a pesar de guerras, de especulaciones aberrantes y de escasez estratégica. Como para tomarnos en serio…

El hecho es que esta primavera, en la que ha llovido poco, pero donde lo ha hecho, a disgusto de todos por su desmesura, aparece la influencia climática del continente africano para recordar que al sur es donde están las peores amenazas a nuestra civilización occidental. Nada de geopolítica, simple vecindad en la que el desierto avanza y se coloca a tiro de insolación. Que este factor lo afecta todo es innegable. No hace falta la guerra como herramienta de destrucción, con unas concienzudas olas de calor pasaremos de la opulencia de posibilidades a la carestía de oportunidades, porque, digo yo, se irán terminando las opciones y un destino distópico reemplazará cualquier pretensión de pasar por avestruz y aquello de esconder la cabeza será lo que ha sido siempre: inútil. Cuando nos queramos dar cuenta, el ambiente veraniego que propicia la interrelación social y el carácter lúdico será una tórrida experiencia de supervivencia. Un aldabonazo en las conciencias por la nula atención hacia lo que realmente importa: nuestra responsabilidad en hacer posibles las próximas generaciones.

De momento, tiraremos de aire acondicionado hasta que el bolsillo pueda pagar la factura de tanta extravagancia.

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