Dicen aquellos que repudian la Constitución, que amagan con ser independientes, que tratan de mayordomos a las regiones vecinas o que propician la xenofobia que la comunidad aragonesa es una fábrica de anticatalanismo. Y que su máximo exponente es el presidente Lambán. Y lo hacen, desde la Generalitat y sus satélites mediáticos, para justificar que Aragón torpedea la candidatura olímpica invernal por una afrenta emocional e ideológica contra todo lo que es catalán. Un argumento que se cae por su propio peso. Porque lo cacarean aquellos que hacen todo lo necesario por alejarse de la convivencia que, pacíficamente y sin ruido, han tejido dos territorios hermanos desde hace siglos.

Una normalización de la convivencia que la hacen cada día decenas de miles de aragoneses en tierras catalanas pese al mantra nacionalista incrustado en todos los poderes públicos. Porque el anticatalanismo no existe en Aragón; existe el repudio a la intolerancia del nacionalismo extremo, al señalamiento que se hace al que discrepa o a la ilegalidad planteada para lograr una independencia. Y sí, existe el rechazo a un planteamiento displicente por parte de Cataluña con el Pirineo aragonés para albergar alguna prueba de los Juegos Olímpicos. Como si Aragón fuera una comparsa o una subcontrata para las pruebas menos glamurosas. El nacionalismo podrá tener más poder político en La Moncloa pero desde luego no tienen ni más decencia ni más sensatez que la candidatura en pie igualdad defendida por Aragón.

Desde el sentido común se debe incidir en que sólo habrá candidatura si es conjunta, aunque esté más que imposible. No hay que aceptar políticamente –ni socialmente– una candidatura única de Cataluña como barrunta el COE o apela la Generalitat. De esa manera ni sería un proyecto de país ni en igualdad de condiciones. Sería otra afrenta más a la lealtad y al pactismo que definen a Aragón.