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Juan Bolea

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Elecciones

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Los recientes procesos electorales han contribuido a normalizar la excepcionalidad de nuestro sistema electoral y, por extensión, de nuestra representación política. El hecho de que el Gobierno central pierda en tres comunidades seguidas, como Galicia, Castilla y León y Andalucía, ya no sólo asombra o preocupa, sino que ni siquiera se analiza. Es como si el electorado y la opinión pública española dieran por sentado que tales fenómenos o discordancias son naturales a nuestro sistema político, que se puede, aunque a muchos les resulte insoportable, vivir y convivir con ellos, y que ya no hace falta combatirlos, cambiarlos, ni siquiera modificarlos.

De hecho, no ha habido en los recientes años, o décadas, una sola manifestación popular para cambiar la Constitución, el Estado de las Autonomías, la ley electoral o el sistema de poder en España. El único partido que ha dicho que iba a variar algo, procediendo a eliminar las Comunidades Autónomas, ha sido Vox, pero poco a poco, elección tras elección, ha ido moderando ese discurso e integrándose en el sistema establecido.

Un sistema largamente ensayado durante las cuatro décadas de Transición desde la dictadura franquista, y de tan aplicada manera puesto en práctica que ha permanecido incólume, prácticamente inalterable, legislatura tras legislatura.

Períodos de dominio político en los que, de manera imperfecta, pero exclusiva, han venido alternándose en el poder central los dos únicos grandes partidos que han demostrado ser capaces de pilotar el país, quedando el resto como complemento de alianzas o poderes regionales. Uno de esos dos grandes partidos, PP o PSOE, PSOE o PP, podría perder en todas las comunidades y en los principales ayuntamientos y gobernar en España.

Mientras todas estas peculiaridades se asientan y transforman en un determinado sistema político, el nuestro, el español presta su atención a otros asuntos. La política, para él, sigue siendo un tema de tertulia, de velador, de barra de bar. Implicarse en la actividad pública, afiliarse a un partido, esforzarse por cambiar las cosas es algo que seguramente le gustaría hacer, pero que, invariablemente, se demora a favor de otras actividades más urgentes, prácticas o lucrativas. En consecuencia, y hasta las próximas elecciones, todo seguirá igual. (Después, también).

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