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El Periódico de Aragón

José Luis Corral

Lo de Andalucía

La Izquierda se ha venido abajo de manera estrepitosa, fruto de la corrupción de algunos de sus líderes

Suelo visitar Andalucía con mucha frecuencia, de manera que conozco lo que está ocurriendo en esa Comunidad, la más poblada de España y el territorio más rico de la península Ibérica desde la Antigüedad (hasta que llegaron los nobles castellanos y leoneses en los siglos XIII y XIV, se quedaron con la mayoría de las tierras gracias a las donaciones reales –las famosas «mercedes»– y comenzaron a joderlo, ya saben... los terratenientes, los cortijos, los señoritos y todas esas cosas).

Ni siquiera esa injusta y desigual estructura de la propiedad arruinó del todo a esa tierra; ahí está el desarrollo de Sevilla en los siglos XVI y primera mitad del XVII (hasta que la famosa peste de 1649 diezmó a su población y dejó a Sevilla arrasada –no se recuperaría de semejante catástrofe hasta el siglo XX, nada menos–), o el crecimiento de Cádiz, la ciudad más rica y elegante de España en el siglo XVIII.

El caciquismo, la mala administración, la guerra de la Independencia, las guerras civiles (carlistas) del siglo XIX y las crisis del XX (Guerra Civil incluida), propiciaron un declive progresivo de Andalucía; recuerden el hambre, la pobreza, la emigración masiva de andaluces a Madrid, Cataluña, País Vasco y Zaragoza. Todos esos desastres fueron propiciados por la apuesta del Estado para favorecer a esos territorios a costa de Andalucía, Extremadura, la Galicia interior (salvo Vigo), Castilla y León (salvo Valladolid) o Aragón (salvo Zaragoza).

El franquismo acabó por dar el golpe de gracia a Andalucía, convertida en una región de sol, toros, jornaleros, folclore, turismo de costa y brutal especulación inmobiliaria.

Pero Andalucía es tan rica y tiene tantas posibilidades que ni todas esas calamidades pudieron con ella.

Granero de votos del PSOE durante los cuarenta años de democracia, los socialistas han gobernado esa Comunidad hasta hace tres años y medio; volvieron a ganar en las penúltimas elecciones autonómicas, pero perdieron el Gobierno por un acuerdo de PP y Ciudadanos, con la ayuda externa de VOX.

Sí, es cierto que el tramposo reparto de escaños de ley electoral propicia que con el 43% de los votos se obtenga el 53% de los diputados, pero esas han sido siempre las reglas del juego que asumen todos los partidos (ellos sabrán por qué consienten que no valga lo mismo el voto de todos y cada uno de los votantes).

El domingo, el PP ganó las elecciones con mayoría absoluta, y la Izquierda en su conjunto perdió 10 diputados.

El triunfo de los populares se adjudica al candidato Juan Manuel Moreno Bonilla (del que buena parte de la prensa conservadora se cachondeaba hace no mucho porque era demasiado «moderado»), y es cierto que el sr. Moreno es el principal autor de la victoria electoral, pero soy testigo de que hace ya varios años, el PP andaluz realizó una renovación de políticos, programas y modos de actuación que la Izquierda andaluza ni quiso ver ni procuró mejorar.

Me refiero a todos esos alcaldes y alcaldesas del PP, jóvenes, entusiastas, con ganas de trabajar por sus pueblos, con gran preparación y limpios de corruptelas –siempre hay alguna oveja negra en el rebaño–, que en los últimos doce años han realizado en sus localidades, donde gobiernan con mayorías holgadas, una labor magnífica. Podría citarles un par de docenas de esas localidades, pero basta con que consulten el mapa de gobiernos municipales y lo comprobarán.

La Izquierda se ha venido abajo de manera estrepitosa, fruto de la corrupción de algunos de sus líderes (dos presidentes socialistas de la Junta de Andalucía han sido juzgados y condenados), de la miopía política y estratégica (ahí está el señor Rodríguez Zapatero «ayudando» en campaña al decir a dos días de las elecciones que está «orgulloso» de los condenados por corrupción, cual si no hubiera existido el caso de los eres o algunos altos cargos socialistas corruptos y ladrones no hubieran acumulado tantos billetes «como para asar una vaca») y de la desunión de las formaciones a la izquierda del PSOE, con un batiburrillo de siglas tal que un votante de esa Izquierda habría necesitado hacer un doctorado en votación para saber a quién estaba entregando su voto. Los andaluces han dejado claras varias cosas, pero, en mi opinión, sobre todo dos:

1. Que las ideologías por sí solas ya no ganan elecciones ni arrastran votantes a las urnas: es necesario «dar trigo» y ser honrado; 2. Que «predicar», o sea, mitinear, no arrastra sino a los fervorosos incondicionales (que se lo digan a Vox, cuya candidata creía que se iba a comer el pastel electoral sin programa alguno y solo con mensajes tan simplones como «Soy española, mujer, madre, hija y nieta», o aparecer vestida de faralaes, clavel y moño incluidos, como si fuera una sevillana en plena Feria de abril).

Los votantes andaluces, es cierto que poco más de la mitad de los censados con derecho a voto, han elegido de manera rotunda que el PP gobierne Andalucía los próximos cuatro años. Y, por lo escuchado en las últimas horas, me da la impresión de que la Izquierda no ha tomado nota y sus dirigentes no han asumido, de momento, ninguna responsabilidad por semejante desastre.

Las elecciones andaluzas se están empezando a analizar en clave de las siguientes elecciones generales (previstas, salvo adelanto, para noviembre de 2023), y por eso es todavía más sangrante que los líderes de las Izquierdas (Pedro Sánchez, Yolanda Díaz, etc, etc), no hayan dicho ni mú, ocultándose de manera cobarde y vergonzosa, como si el chaparrón que les ha caído encima en Andalucía hubiera ocurrido en Marte.

Me temo que, con estos dirigentes, la Izquierda española, que ha perdido todas las últimas elecciones autonómicas (Galicia, Cataluña, Madrid, Castilla-León, Andalucía), anda a la deriva.

Bueno, es lo que tiene «predicar y no dar trigo», gobernar desde la prepotencia y la chulería y cambiar de opinión cada dos por tres (inviolabilidad del rey, política sobre el Sáhara, relación con la OTAN, sumisión ante los poderosos, etc, etc).

Y lo peor, me temo que los jefes de la casta de Izquierdas no van a aprender de la amarga lección que les han dado la mayoría de los andaluces. Y así, hasta la derrota final.

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