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El Periódico de Aragón

Jorge Cajal

El artículo del día

Jorge Cajal

Doctor en Historia y profesor del IES Río Gállego de Zaragoza

Macron y la extrema derecha

La situación es complicada si tenemos en cuenta el sistema electoral francés

Si aplicamos la lógica de la cultura política española a las pasadas elecciones legislativas francesas, las noticias para la mayoría presidencial de Macron no serían tan malas. Ha obtenido una victoria clara, con más de cien diputados de diferencia con el principal partido de la oposición (que estará formado, además, por distintos grupos parlamentarios) y podría pactar reformas con la derecha tradicional, cuya suma de fuerzas alcanza sobradamente la mayoría absoluta.

Pero la situación es complicada si tenemos en cuenta el sistema electoral francés, la lógica de su calendario y las distintas decisiones políticas que se han tomado en los últimos días por parte del electorado y por parte de las distintas fuerzas políticas. Las elecciones legislativas se celebran después de las presidenciales para aprovechar la movilización que ha producido la victoria de uno de los candidatos y conseguir una mayoría estable en el parlamento para los próximos cinco años. Pero, para empezar, Macron fue elegido por una mayoría de franceses compuesta por pocos fieles y bastantes votantes contrarios a Marine Le Pen.

Así ha funcionado la política francesa en los últimos años: Macron y quienes conforman su movimiento político pasan al segundo turno de las elecciones con alrededor del 25% de los votos, en un contexto de crisis de los partidos tradicionales y con la extrema derecha en pleno ascenso. Una vez clasificados, se pone en marcha la «disciplina republicana» y la mayoría republicana se decanta por el candidato menos malo. Como el sistema electoral no es proporcional sino uninominal, hay más de quinientas elecciones diferentes en las circunscripciones francesas, algo que la «macronía» había aprovechado, hasta ahora, muy inteligentemente apelando a valores europeístas, laicos, republicanos y modernizadores frente a la extrema derecha y a los partidos clásicos.

Pero el dinamismo de la izquierda de Mélenchon ha hecho que las legislativas hayan dejado de ser un mero trámite y se hayan convertido en un problema para el presidente. No tiene mayoría, la oposición más importante se encuentra a su izquierda y las derechas no se lo van a poner fácil. Pero lo más alarmante de todo ha sucedido ya durante la campaña.

Cuando los candidatos del partido de Le Pen se enfrentaron a candidatos de izquierdas en más de cincuenta circunscripciones, el partido de Macron no dio ninguna consigna de voto, es decir, no creyó conveniente frenar a la extrema derecha, traicionado los principios republicanos más clásicos que hipócritamente dice defender más que nadie. El resultado ha sido un desastre, porque Le Pen ha pasado de menos de diez diputados a casi cien, porque el pensamiento de la extrema derecha ha sido banalizado por un partido supuestamente de centro e incluso hay ministros que lo han convertido en una organización con la que se podría pactar puntualmente o incluso invitar a un gobierno de concentración nacional. Para que la izquierda no obtuviera más escaños, Macron ha preferido a la extrema derecha. No es el «antes Hitler que Blum» de los años treinta, pero tampoco es propio de un presidente moderado.

Más allá de los resultados puntuales que estas fuerzas obtienen en distintas elecciones, el caso francés es un ejemplo más del avance de sus ideas por las instituciones democráticas europeas. Ni siquiera se libra uno de los países que mejor les ha hecho frente desde finales del siglo XIX. Quizás, cuando las democracias europeas decidan que utilizar a la extrema derecha en sus tácticas políticas es demasiado peligroso, ya sea un poco tarde.

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