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Jesús Membrado

El artículo del día

Jesús Membrado Giner

El liderazgo en la política

Basta conocer la ideología de una persona para deducir qué piensa en numerosos temas

A menudo, en el transcurso de discusiones entre amigos sobre la política actual, o cuando se critica a Pedro Sánchez entre socialistas, el recurso más socorrido para salir de ellas es decir aquello de «ahora no hay dirigentes con sentido de Estado como antes, ahora tenemos líderes de ir por casa, sin cuajo y costra en muchos años de batalla».

El liderazgo en la política

Con eso suele acabarse la discusión y cada uno sigue pensando cosas muy distintas sobre personajes idealizados con el tiempo. Que Suárez fue el «factótum» de la transición democrática aunque su partido lo descabalgó tras hacerle la vida imposible nadie lo pone en duda. Que Carrillo tuvo la valentía de optar por la reforma democrática en lugar de por la ruptura con el antiguo régimen, tampoco, aunque le costara pasar a un espacio residual de la política española. Que Felipe González dotó a nuestro país del estado del bienestar aunque perdió la calle a partir de la huelga general del 14-D de 1988, es constatable. Que Fraga facilitó la conversión de parte del franquismo al sistema democrático a costa del olvido y el maquillaje de la represión franquista es algo que estará siempre en su haber, lo mismo que Aznar, que favoreció el atlantismo de nuestro país entrando en la guerra de Irak y concitando un rechazo ciudadano histórico que le costó las elecciones. Todos ellos tuvieron pros y contras, pero sobre todo ejercieron sus liderazgos en coordenadas históricas y marcos políticos que no son comparables a los actuales.

Para empezar no existía la polarización ni la fragmentación política actual. Hasta hace menos de diez años los dos partidos mayoritarios PP y PSOE copaban el 85% de la representación política, ahora apenas superan el 54%. Seis grupos parlamentarios entonces y ahora 8 con 17 opciones políticas distintas. No hace mucho las diferencias tenían que ver con contenidos programáticos: más o menos libertades, aborto, educación, derechos, mercado de trabajo, impuestos, fiscalidad… mientras que ahora las discusiones y las interpelaciones de la oposición son profundamente ideológicas e identitarias.

La polarización está creando un abismo insuperable entre personas y grupos con ideas y valores en apariencia infranqueables. Basta conocer la ideología de una persona para deducir qué piensa en numerosos temas.

Por eso los parlamentos son cada vez menos espacios de debate y de búsqueda de acuerdos y mucho más circo, donde se exhibe la batalla entre enemigos irreconciliables.

Hoy en día, la política es una profesión de riesgo, ni entiende de escalafones ni es posible programarla. Es una máquina de picar carne que permite estar un día en la cima y al siguiente en el ostracismo. Ejemplos tenemos de los cuatro grandes contendientes en las elecciones de 2019: solo queda uno, el presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez. Actualmente el político es el chivo expiatorio ideal de nuestra sociedad de queja, el destinatario ideal de nuestro malestar. «¡Piove, porco goberno!» dicen los italianos.

Actualmente menos del 10% de los españoles confían en los partidos políticos según el INE, hace 30 años era el 60%. No son solo ellos, la crisis de credibilidad llega también a los agentes intermedios, tanto de la política como en otras esferas de la vida, como la economía, la cultura, el sindicalismo, las organizaciones no gubernamentales. Todos son blanco de descalificaciones y mentiras para deteriorar su imagen. La ofensiva de Vox contra todos ellos mediante recorte de partidas presupuestarias, descalificándolos como «chiringuitos», tiene una finalidad estratégica: laminar la sociedad civil democrática.

Claro que hace 15 años alcanzar al gran público en las campañas electorales o en cualquier movilización exigía mediadores, partidos políticos, asociaciones, sindicatos, sociedad civil, pero también discurso, medios de comunicación, encuentros sectoriales... Ahora esas estructuras importan cada vez menos, los programas son clandestinos y lo fundamental son las redes. Es ahí donde se moviliza y se tensiona, donde las mentiras o las medias verdades circulan sin control, y mientras esto no penalice electoralmente seguirá aumentando.

Por estas y otras muchas razones creo que no son comparables los liderazgos y es injusto descalificar los actuales. Porque con sus muchas deficiencias, que las hay, ningún gobierno se ha tenido que enfrentar con una oposición que le niega su legitimidad desde el primer día, que hace gala del incumplimiento constitucional, que le descalifica en la propia UE con acusaciones no demostradas menoscabando nuestro prestigio internacional de país, que convierte simplezas u ocurrencias en debates absurdos y que en las tres crisis vividas en apenas dos años no ha arrimado el hombro más que para deteriorar al gobierno y al Estado.

Como decía Juan José Millás, hay algunos gusanos que adoptan la forma de un excremento de pájaro para evitar que esos mismos pájaros los devoren. Y yo me pregunto si vale la pena conservar la vida a cambio de parecer una mierda.

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