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Javier Fernández

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Javier Fernández López

Utopías

Con la situación actual, la desaparición de la OTAN o la salida o no entrada de nuevos países es irreal

Hace unos días se ha celebrado en Madrid una cumbre de la OTAN. Sobre esa organización y en relación con las decisiones que se han tomado en la capital de España podríamos hacer varios comentarios y yo he elegido dos: una reflexión sobre lo que piensan algunos españoles, y en otros países, sobre la existencia de la alianza defensiva atlántica y la pertenencia a la misma, y sobre una mayor integración de Turquía, socio atlántico, en la Unión Europea.

No quiero que haya guerras en el mundo. Puestos a pedir no querría que hubiese ejércitos. Como utopía, o aspiración maravillosa a un muy largo plazo, es algo deseable, claro que sí. Tampoco debería haber policías. Quisiera recordar el artículo sexto de la Constitución de Cádiz, en el que se nos obligaba a los españoles a ser justos y benéficos. Sobre el resultado de este precepto mejor no hacer ningún comentario. Por muy desinformado que se esté las noticias sobre catástrofes en el mundo, incluidas guerras y atentados terroristas, llegan a todas partes, lo que debería llevarnos a todos a hacernos alguna pregunta tan sencilla como esta: ¿qué hacer?

Vamos a jugar un poco a adivinos. Tratemos de imaginar un mundo en el que España decidiese abandonar la OTAN. ¿Alguna mejora evidente? ¿Putin decidiría, en contrapartida, abandonar la invasión de Ucrania?

Algo similar se me ocurre pensar sobre la incorporación de Suecia y Finlandia a esa organización. He leído que sesudos analistas afirman que es una provocación a Rusia. Yo lo veo de otra manera. Suecos y finlandeses están aterrorizados ante lo que creen una posible invasión rusa y quieren defenderse. ¿Eso es provocar?

A mí se me ocurre que hoy, en 2022, la desaparición de la OTAN o la salida o no entrada de nuevos países es algo mucho más que utópico. Es irreal. Vivimos en un mundo, el que hay, y no podemos aislarnos, no existen las burbujas. Sí debemos aspirar a que se gestione la fuerza de forma correcta, con controles suficientes y órganos de gobierno en los que los Estados democráticos tengan voz y voto. Y tenemos que aspirar a evitar guerras, conflictos armados, a ser posible sin utilizar la fuerza, pero en caso necesario, inevitable, es deseable que tengamos medios suficientes. Si a ese individuo al que no sé bien como definir, Vladímir Putin, le da por lanzar una bomba atómica hacia una de nuestras capitales europeas, ¿quién la va a interceptar? Tal vez el agua bendita, es posible que eso crean los bien intencionados que quieren que abandonemos la OTAN.

El éxito en la cumbre celebrada en Madrid no puede llevarnos, ni siquiera a quienes nos manifestamos a favor de la pertenencia de España a esa organización, a no ver las contradicciones. Y una de ellas es la pertenencia de un país como Turquía a un club de estados democráticos cuando los actuales gobernantes turcos distan mucho de ser un modelo a seguir. Posiblemente la postura del presidente Erdogán ha sido una sorpresa para muchos, entre los que me cuento. Y voy a tratar de explicarme siguiendo el hilo conductor de lo que estoy escribiendo hoy, las utopías. En un mundo maravilloso Turquía sería el puente perfecto entre Europa y Asia, entre Oriente y Occidente, entre cristianismo e islamismo. Y hubo un tiempo en el que trazó su ruta en esa dirección. Kemal Attatürk (apellido adoptado que podríamos traducir como padre de Turquía) fue un militar, héroe en la Gran Guerra, especialmente en la batalla de Galípoli, en 1915, y que llegó a la presidencia de la República de Turquía tras la desmembración del Imperio Otomano.

Durante los años en los que presidió el país, 1923-1938, impulsó importantes reformas, siendo la más llamativa, vista desde Occidente, la de una constitución laica. El debate religioso ha sido tradicionalmente el punto crítico de la política turca y con el actual presidente, Erdogán, desde que asumió el poder, en 2014, sigue siendo así. Atatürk laico y Erdogán islamista, sin que ninguno de los dos haya conseguido una mayoría amplia en favor de sus tesis.

¿Sería demasiada dosis de utopía soñar con una Turquía laica dentro de la Unión Europea? En el año de 1999 hicieron una solicitud formal, pero desde Francia y Alemania, con potentes minorías islamistas, el rechazo fue frontal y se paralizó en 2016. Hace unos días, en Madrid, en la cumbre de la OTAN, el presidente turco ha levantado el veto a la entrada de Suecia y Finlandia en la organización defensiva occidental, apartándose de su amigo Putin. ¿Nos está mandando un mensaje encriptado? Con todas las dificultades más que evidentes, ¿podemos soñar con ayudar a Turquía a ser ese puente deseado?

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