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El Periódico de Aragón

Editorial

Morir de calor en el trabajo

El calentamiento del planeta no se detiene, todo lo contrario. La emergencia climática se hace cada vez más evidente. Las altas temperaturas que se han producido este año en España y en Aragón desde el mes de mayo son un ejemplo palpable de cómo se están transformando las condiciones ambientales en relación con el pasado. Es de suponer que este verano todavía sufriremos nuevas olas de calor que causarán nuevos estragos.

Hay que tener en cuenta que, en los ocho días de ola de calor que van de los pasados 10 al 17, se produjeron en España 675 muertes atribuibles al calor, según los cálculos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria del Instituto de Salud Carlos III. En todo este mes en Aragón ha habido por tal causa 101 fallecimientos, 99 desde el día 11, cuando el aumento de las temperaturas se intensificó de manera sensible. Zaragoza batió este mismo domingo con ocho su récord histórico de jornadas a más de 40 grados.

La gran mayoría de las personas fallecidas tenían edades avanzadas, aunque no todas. Sin duda el fenómeno que estamos experimentando no supone una anécdota intrascendente. Habrá, pues, que tomar medidas en todos los ámbitos de nuestras vidas, también en el mundo del trabajo, para poder garantizar la salud de los ciudadanos.

En España, en los últimos días han sido varios los trabajadores que han perdido la vida a causa de las temperaturas sofocantes. El jueves falleció un hombre de 56 años mientras repartía propaganda en la localidad de Paracuellos del Jarama. En la madrugada del sábado, otro hombre de la misma edad moría al sufrir un golpe de calor mientras se hallaba en una nave de Móstoles. Sus compañeros de trabajo estimaron que la temperatura dentro de la nave era de unos 46 grados. Otra persona, de 60 años, también falleció. Era un operario municipal de la limpieza de Madrid. Fue trasladado en estado grave al Hospital Gregorio Marañón tras sufrir el golpe de calor cuando trabajaba en el distrito de Puente de Vallecas.

Como se apuntaba previamente, la nueva situación climática, que tiene un impacto muy preocupante en la temporada estival, nos empuja a reflexionar como sociedad sobre las modificaciones que debemos introducir en nuestras actividades cotidianas, sean estas de ocio o laborales. Sobre las empresas, públicas o privadas, recae una especial responsabilidad en este ámbito, toda vez que tienen la obligación legal de garantizar la seguridad y la salud de sus empleados. Las temperaturas extremas suponen, amén de un riesgo laboral evidente, un freno a la productividad. La exposición a estas temperaturas mengua la resistencia, la visión, la coordinación de los movimientos y la concentración mental.

Las compañías deben hacer un cambio de chip y darse cuenta de que ya no sirve tomar las medidas de siempre, como recomendar a los trabajadores que no dejen de beber agua. Nos hallamos ante un peligro que va a incrementarse y que es obligado tomarse seriamente. Es ineludible un cambio de mentalidad de la sociedad, también de la administración pública y de las empresas, un cambio que pasa, en primer término, por ser realmente conscientes de lo que está sucediendo, para, a continuación, adaptarse tanto como se pueda a una tendencia, unas temperaturas cada vez más altas, que por el momento no parece que vaya a remitir.

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