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El Periódico de Aragón

Editorial

Emergencia forestal

No solo estamos ante una emergencia climática, que se caracteriza en nuestro país por las olas de calor recurrentes y por una sequía que ya es altamente preocupante, sino que también vivimos asentados sobre un polvorín que se concreta en el estado actual de los bosques. Al de por sí acuciante estrés hídrico de los árboles (solo basta con observar la caída prematura de las hojas para evitar la evapotranspiración) se suman una serie de factores que pueden resumirse en el aumento desmesurado de la densidad forestal y del poco o casi nulo aprovechamiento de la madera.

Estamos ante un círculo vicioso. Hay demasiados árboles y la extracción de madera no compensa, con lo cual, los bosques se mantienen en un estado de precariedad que produce más saturación y suciedad.

Debemos tener en cuenta otro factor, que es el del abandono del campo, también por falta de rentabilidad, y, con ello, la desaparición de un estilo de vida rural que tenía cuidado no solo de los pastos sino del mantenimiento de los bosques adyacentes.

La combinación de los factores nos aboca a una tormenta perfecta. Cuanto más se desertiza el campo, más crecen los bosques de manera incontrolada y generan con más probabilidad un potencial altamente peligroso, en caso de incendio. Cuando la actividad agrícola desciende, el bosque tiende a expandirse. Es una simple constatación: un bosque limpio y de baja densidad no permite la propagación de las llamas con la virulencia y rapidez que se da en bosques repletos de árboles.

El consejero de Agricultura y Medio Ambiente del Gobierno de Aragón, Joaquín Olona, admite, en una entrevista publicada ayer por este diario, que el monte está lleno de biomasa y opta por la colaboración público-privada para intervenir en la gestión forestal. Asume que lo importante en Aragón no es la reforestación sino, precisamente, esa limpieza de los actuales montes mediante su aprovechamiento.

La correcta gestión forestal no es solo un mecanismo imprescindible para la prevención de los incendios, sino que debe ser también un instrumento para la lucha contra el cambio climático y debe servir de acicate para la recuperación del sector, que necesita ayudas institucionales. Las concreciones de una política forestal racional, respetuosa con el territorio (que no quiere decir conservacionista radical, sino con visión política, social y económica de futuro), no serán visibles sino a largo plazo. Pero es urgente que nos la tomemos en serio desde hoy mismo. Como una emergencia.

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