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Luis Negro Marco

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Luis Negro Marco

Aquellos locos, en sus locos cacharros

El ‘Flyer’ de los hermanos Wright logró mantenerse en el aire durante 1 minuto y 45 segundos

El 8 de agosto de 1908 iba a ser una fecha histórica para la civilización. Al amanecer de aquel no muy caluroso sábado de verano, Wilbur Wright, un joven mecánico de Dayton (del Estado de Ohio, en los Estados Unidos) vendedor de bicicletas, periodista en sus ratos libres y apasionado de la naciente aviación, se encuentra en Francia, en el Hippodrome des Hunadières (próximo al circuito de Le Mans) donde ha logrado congregar a una multitud entusiasta.

Con una boina negra, a modo de casco, y a bordo de un extraño biplano de madera de delgadas alas de lona (el cual, fabricado junto a su hermano Orville lleva incorporado un pequeño motor de 11 caballos) está a punto de hacer la primera demostración pública de vuelo de su Flyer (Aviador, nombre con el que los hermanos Wright bautizaron a su ligera aeronave) logrando mantenerse en el aire durante 1 minuto y 45 segundos, tiempo en el que recorrió 3 kilómetros y medio a una altura de 20 metros, logrando aterrizar –gracias a un original sistema de alabeo de las alas– en el mismo lugar del que despegó. Aquel pequeño vuelo para el hombre, pero gran vuelo para la Humanidad, convirtió a los hermanos Wright, en el centro de la admiración mundial, pasando a la historia como los grandes pioneros de la aviación moderna.

Y de sus rudimentarios inicios (arqueológicos se podría incluso decir) dice mucho el ingenioso artilugio que Wilbur y Orville idearon para conseguir que su biplano despegara del suelo. Se trataba de un peirón de madera de 5 metros de altura, del que pendía un peso de 700 kilos, el cual servía de apoyo a una plataforma de lanzamiento, consistente en un carro colocado a sus pies, cuyas ruedas encajaban en unos raíles de 21 metros de longitud.

Colocado el biplano sobre el carro, el piloto a bordo encendía el escuálido motor del avión que, a su vez, con un sistema de cadenas impulsaba las hélices. Y como en el despegue de los muy posteriores cohetes Apolo de la NASA, al final de la cuenta atrás se dejaba caer el peso desde lo alto del peirón, generando con su caída la energía que impulsaba al carro. Este pasaba a deslizarse a gran velocidad sobre el pequeño camino de hierro y al finalizar su trayecto el biplano (que estaba instalado sobre él) salía catapultado, logrando remontar el vuelo.

Pero el primer vuelo a motor ya se había logrado en tiempos decimonónicos, pues fue a finales del siglo XIX cuando tuvo lugar. El 14 de octubre de 1897, en la base militar francesa de Satory, el ingeniero francés Clément Ader, consiguió hacer volar, levantándolo del suelo unos centímetros, a su Avion 3. Pero la hazaña fue tan efímera que, a los pocos segundos, el piloto (el propio Ader) perdió el control de su ingenio y cayó con estrépito a tierra. Muy posiblemente, el mariscal francés Foch (que llegaría a ser comandante en jefe de los Ejércitos Aliados durante la Primera Guerra Mundial) fue conocedor de cómo el avión de Ader se había estrellado, tras lo que en un alarde de insuperablemente errónea previsión llegó a afirmar: «La aviación es un buen deporte, pero al Ejército no le sirve de nada».

Quizás también desilusionó al mariscal Foch el anticuado estilo gótico que presentaba el avión de Ader; nada que ver con el aerodinámico Flyer de los hermanos Wright. El del francés tenía unas alas que lo hacían muy semejante a un murciélago, incluso al prehistórico pterodáctilo, al que la estética de las imposibles aeronaves de las películas de la saga Mad Max rinde un caduco y estrambótico homenaje.

Por otro lado, si tenemos en cuenta que la aviación es una necesaria asociación de la aerodinámica y del motor de explosión, habrá que recordar que su inventor fue el italiano Eugenio Barsanti, sacerdote de las Escuelas Pías, Orden religiosa fundada a comienzos del siglo XVII en Roma por el aragonés San José de Calasanz. En efecto, en la temprana fecha del 6 de junio de 1853 (cuando los caballos eran la fuerza motriz de los carruajes y no la potencia de los vehículos) el escolapio Barsanti y el ingeniero Matteucci registraban en Florencia la patente del primer motor de combustión interna, con capacidad de originar una fuerza mecánica constante, de la Historia.

8 años después, en 1861, su motor de dos cilindros, con potencia de 20 caballos figuró en la Exposición de Florencia, despertando la admiración del mundo. Estaba naciendo –aunque larvadamente– el maquinismo, una nueva y trascendental etapa de la Historia que, durante el primer tercio del siglo XX, hizo que la Humanidad olvidara las lecciones del desastroso viaje de Ícaro en sus ansias por llegar hasta el sol.

Solo así se explica que el 20 de febrero de 1909, el poeta Tommasso Marinetti (considerado el padre del fascismo italiano) publicara en el diario Le Figaro su célebre Manifiesto Futurista en el que manifestaba apasionadamente: «Prefiero el rugido de un automóvil, que parece correr como la metralla, a toda la belleza de la [escultura griega] Victoria de Samotracia».

La Gran Guerra y los totalitarismos en Europa que a ella sucedieron, como preludio a la Segunda Guerra Mundial, fueron la triste consecuencia de este pobre pensamiento en el que el hombre, queriendo ser hombre pájaro (libre) acabó siendo hombre máquina (esclavo) el cual, a través de la cada más real virtualidad del metaverso continúa avanzando inexorablemente hacia su definitiva robotización.

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