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El Periódico de Aragón

José Mendi

LA RÚBRICA

José Mendi

‘Simplebaxis’

Cuando confiamos en algo solo porque lo defiende un experto, nuestra opinión se transforma en creencia

Si es usted una persona sencilla, le felicito por su sincera sabiduría llena de falsa humildad. Pero si es un simple, es que disimula con éxito su modestia. Definimos a nuestros congéneres con un adjetivo tan similar, que cambia del halago al desprecio en función de la palabra elegida.

Psicológicamente, es el sinónimo más antónimo que describe a una persona. Nuestro cerebro es sencillamente complejo y, a la vez, un simple vago funcionando. Esa contradicción hace que nos atraigan las alternativas más rebuscadas frente a la lógica navajera de Ockham. ¿La verdad es compleja? ¿La certeza es simple? ¿A qué huelen las nubes?

Son preguntas que todos nos hemos formulado, bien desde la duda sobria o la rotundidad ebria. Lo importante es el camino que nos lleva a la respuesta. Somos tan simples que nos agarramos a lo alambicado para aparentar una seguridad artificial. Clasificamos a las personas más simples en superficiales, vulgares y básicas.

El caso es poner un escalón social más bajo a un grupo, para mirar con pena a los diferentes. Estamos a una talla de expulsar del género humano a otros, a golpe de adjetivos. Como retorcidos, cargamos a los demás las ocurrencias enmarañadas de nuestro pensamiento.

Sabemos por qué el resto hace algo, aunque no tengamos ni idea de por qué pensamos así. La sutilidad requiere esfuerzo intelectual. La risa del chiste fácil se ingiere y disfruta sin esfuerzo, directo al cerebro emocional más primitivo. La ironía obliga a masticar y digerir el menú del humor, en un ritual gastronómico que se disfruta tras finalizar el banquete.

El somardismo maño, una vez inoculado, estalla con retardo. Cuando hace efecto, la víctima aún se está preguntando qué ha comido. La simplicidad humana hace que nos apasione lo sinuoso. La maquinación de mentiras es la nueva religión de la realidad virtual. Las iglesias y sectas tienen a sus elegidos, unos sabelotodo. Los demás, ejercemos de cuñados me-todistas. Si a esto le sumamos el deseo de exclusividad que nos hincha de superioridad, argumentando una supuesta autoridad, tenemos el cóctel perfecto para fabricar conspiranoicos.

En la década de 1970, el psicólogo Donald Naftulin diseñó un experimento en forma de gamberrada. Preparó una absurda conferencia sobre la relación entre matemáticas y comportamiento humano. Contrató a un actor para que la expusiera a un público de psicólogos, educadores y otras cualificadas especies. Ante el nutrido auditorio presentó al artista como el afamado Dr. Myron Fox, exponiendo su currículum de forma tan extensa y brillante como falso era su contenido. El actor ofreció su charla de forma amena y entretenida. En las preguntas, se le indicó que debía responder con evasivas, frases de doble sentido y, sobre todo, de forma divertida, para resaltar su encanto personal.

Al terminar, se pidió al cultivado público que evaluara al conferenciante. El 85% de los asistentes indicaron que el material expuesto estaba bien organizado; el 70% elogió el buen uso de ejemplos y el 95% encontró la conferencia inspiradora. Llamamos «efecto del Dr. Fox», a la falacia por la que creemos que algo es cierto simplemente porque lo dice alguien a quien consideramos una autoridad. Nuestra simpleza irracional nos impide diferenciar el buen uso de este criterio (confiando como profanos en una materia en un especialista, como por ejemplo un psicólogo) de su perversión (si nuestro único argumento válido para defender una idea se sostiene porque lo dice un experto). Cuando ocurre esto último, las opiniones se transforman en creencias.

El arte de la política consiste en aplicar soluciones sencillas, de forma simple, para arreglar problemas complejos, en favor del bienestar de la mayoría, al menor coste posible.

Hoy está Pedro Sánchez en Zaragoza. Su reto está ligado al futuro de los progresistas: cambiar la tentación de un voto instintivo y simple de cabreo contra la crisis, castigando al actual Ejecutivo, por un voto razonado y sencillo que siga defendiendo a los más desfavorecidos. El líder del PP se opone a sí mismo al negar aquí lo que sus colegas conservadores quieren en Bruselas, poniendo una tasa al exceso de beneficios de las energéticas. Al gallego, los suyos le llaman Feijóo Simplebasix, en alusión al personaje de Astérix. Un mal malo conocido, como él, nunca es mejor que un buen bueno conocido y con mucho por conocer. En fin, no sé si me he explicado bien porque, como decía el escritor y filósofo Eric Hoffer: «no es nada sencillo entender lo simple».

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