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El Periódico de Aragón

Daniel Gascón

DELANTE DE TUS NARICES

Daniel Gascón

Solo hay simulacro

La conversación política española está llena de cosas que parecen irracionales si las observamos desde el punto de vista de la solución de los problemas que supuestamente se pretenden arreglar, de una gestión eficiente o del bienestar de los ciudadanos. Son cuestiones que requieren un debate técnico, hay muchas aristas y menos certezas de las que creemos: el objetivo de la deliberación es llegar a un mejor resultado, pensamos o creemos pensar. Pero el error está en la premisa: no se trata de solucionar un problema.

La política es racional y los irracionales (o hipócritas) somos nosotros al lamentarnos. El filósofo polaco Lezlek Kolakowski decía que la política económica de los países comunistas, con la planificación central y la anulación o marginación de la iniciativa privada, parecía irracional si pensabas que el objetivo era el desarrollo económico o el bienestar de los ciudadanos. Pero si la analizabas pensando que el régimen quería mantener el control y asfixiar a la sociedad civil, impidiendo que surgiera un poder alternativo, era totalmente racional.

Con el decreto de ahorro eléctrico este verano, algunos se preguntaban por qué el gobierno no había consensuado o al menos consultado a las comunidades autónomas, los sectores económicos y la oposición. Parecía irracional, a menos que el objetivo fuera exactamente no consultar.

Nos extrañamos de que no se llame a la oposición para alcanzar un acuerdo. Pero el objetivo es el contrario: no llamar a la oposición es más importante que ninguna otra medida: de hecho es la medida principal. De manera bastante simétrica, para la oposición es a menudo más importante rechazar una política que afinarla.

Esta semana el gobierno ha forzado una votación parlamentaria de una proposición de ley para establecer «gravámenes temporales» a las energéticas y la banca, aunque sabía que habría que modificarla, porque no se ajustaba a las directrices europeas. Así el PP vota en contra pero debe apoyar la norma europea, que según el gobierno se parece mucho –sigue, dicen los cheerleaders– a lo que pretendían implantar. Que la relación con la verdad sea bastante tenue es lo de menos. Ahora que el miedo a Vox es menos eficaz, tras las andaluzas, la estrategia es desacreditar a Feijóo, por vago o por insolvente o porque está al servicio de las grandes empresas, según el clásico avatar antisistema de las factorías publicitarias de los presidentes en horas bajas. Podemos especular sobre la torpeza del PP, pero forma parte del show. Lo más inquietante no es descubrir que estamos viviendo una simulación, sino constatar que no existe otra cosa.

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