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El Periódico de Aragón

Juan Alberto Belloch

CON LA VENIA

Juan Alberto Belloch

Exalcalde de Zaragoza y exministro de Justicia e Interior

El voto negativo

La posibilidad de restar propiciaría una política más razonable

Tenemos por delante algo más de un año de compromisos electorales, período que culminará en las elecciones generales sin que se atisben cambios drásticos. Pareciera que nada importante cabe esperar y la única duda, a tenor de las encuestas, es si el PP logrará una mayoría suficiente para gobernar o si por el contrario fracasa y debemos volver a un gobierno multicolor.

En reciente sesión plenaria del Senado se acordó tácitamente el comienzo de la campaña electoral pues los discursos pronunciados en esa fecha constituyen verdaderos ensayos generales. Todo parece indicar que el PP arrebatará al PSOE su condición de primera fuerza política pues hoy día muchos ciudadanos entienden que votar al PSOE es un pecado imperdonable.

Otros al contrario entienden que sigue siendo una opción legítima. A favor de la primera opera la afición de su líder a no decir toda la verdad, pues siempre prefiere la suya propia. Siempre he creído que la mentira solo se justifica cuando obedece a propósitos de piedad solidaridad o mera generosidad, y el dirigente socialista no siempre actúa con arreglo a tales propósitos. Concurre asimismo como factor negativo la «coalición maldita» con la que viene gobernando sin demasiadas dificultades. Olvida Sánchez que, si es importante determinar quién gobierna, más aún lo es precisar con quiénes se gobierna y sobre todo, para qué gobernar, pero no a cualquier precio.

Estas condiciones constituyen per se un pecado político de peso .

En lo que se refiere al PP, me asombra que teniendo el ejemplo tan cercano de Zapatero, que ejerció una oposición razonable y exitosa, sus líderes prefieran optar por el ejercicio de una oposición cuyo único propósito es descalificar al gobierno colocando siempre los intereses de su partido por encima de los de su país. Ello es particularmente grave en un tiempo en que se están produciendo crisis globales de carácter mundial que exigirían una leal colaboración entre todas las fuerzas políticas y sociales .

El caso de Ciudadanos es paradigmático. Su dirigente Rivera tiene en su haber el error político más obvio de todo el periodo democrático. Tuvo en sus manos la posibilidad de formar un gobierno estable de centro izquierda , opción más conveniente para el conjunto del país y su partido. Su caso no fue un simple error, significó el principio del fin de su derrumbe electoral y también una derrota decisiva para las opciones políticas de centro, quién sabe si la última, pues ya se prepara su digno sepelio.

Mejor suerte han corrido las llamadas fuerzas políticas a la izquierda del PSOE, aunque la base electoral de la supuesta izquierda (Podemos y análogos) se ha visto reducida de manera significativa por su constante fragmentación, más la frustración que ha producido el discutible balance de su acción de gobierno. Tampoco la dimisión de su líder inicial ha ayudado. ¿Quizás no había mucho cielo que conquistar? La escasa capacidad de gestión de sus ministros, con alguna notable excepción, y la clamorosa inexperiencia política de la militancia cierran el círculo de sus problemas.

Me cuesta trabajo no ya hablar bien, sino hablar de Vox y de su ascenso en el mercado político por la razón de que sus dirigentes convierten conceptos respetables y nobles en sospechosos desde su punto de vista. Patria, Constitución, protección de la familia, seguridad ciudadana, bandera o España. Se están adueñando de las palabras, y esa impostura explica en parte su éxito político .

El resto de formaciones con representación parlamentaria tiene en ocasiones importancia decisiva al ser sus votos necesarios para consolidar mayorías. Partidos como el PNV, Esquerra Republicana o la antigua CiU han demostrado su capacidad negociadora para defender los intereses nacionalistas. Cuando se trata con ellos, es aconsejable hacerlo con afecto y deferencia, cosa que valoran especialmente, pero manteniendo al mismo tiempo un afilado sentido crítico para evitar que las concesiones se conviertan en desigualdades. Nadie que yo sepa ha logrado acreditar las supuestas ventajas derivadas de romper con el bipartidismo corregido, si acaso la vaga referencia a una mayor y mejor participación de las minorías en el proceso de toma de decisiones. Al contrario, es evidente que permite gobernar con estabilidad a la lista más votada haciendo posible una mayoría sin sometimiento a insoportables chantajes. Son muchos los mecanismos que permiten retomar el añorado bipartidismo y hoy quiero hablarles de la posibilidad y conveniencia de introducir, junto a otras medidas más conocidas en el sistema, un nuevo instrumento de participación ciudadana, mecanismo ideado entre el politólogo Mikel Zalbide y yo mismo, y que puede adquirir nueva actualidad a la vista del estado enfermizo del conjunto de partidos políticos. La tesis es aparentemente sencilla pues concede al votante la posibilidad alternativa de utilizar lo que podríamos llamar el tradicional voto positivo en cualquiera de sus modalidades o por el contrario la posibilidad alternativa de utilizar un voto negativo que permitiría restar y confrontar la acción política más detestada, tesis a poco que se analice constituye una carga de profundidad contra las opciones más antisistema y es al mismo tiempo un aviso a aquellos navegantes que pretendan no arriesgarse a ser votados negativamente.

La introducción de este instrumento podría propiciar una actitud razonable en la forma de hacer política al sugerir al gobernante que es tan rentable ganar un amigo como evitar un enemigo.

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