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El Periódico de Aragón

Jorge Cajal

EL ARTÍCULO DEL DÍA

Jorge Cajal

Doctor en Historia y profesor del IES Pablo Serrano de Zaragoza

Historias sobre la guerra de Ucrania

Elegiremos no solo qué servicios o derechos queremos, sino de qué lado de la historia estaremos

Desde que a finales de agosto los medios de comunicación difundieron imágenes sobre el día de la independencia de Ucrania y señalaron el cansancio informativo sobre una guerra sin avances ni retrocesos, la situación parece haber cambiado considerablemente. La recuperación de una parte del territorio que estaba en manos rusas ha demostrado que, de momento, las armas y el entrenamiento de la OTAN no solo sirven para frenar el avance ruso, sino también para desarrollar ofensivas con éxito.

Hasta la semana pasada, era posible encontrar dos versiones contrapuestas del conflicto. La más extendida defiende la reacción del mundo occidental frente a Putin, que ha conseguido que fracase la invasión de Ucrania. Tanto el envío de armas como las sanciones económicas están dando resultados, aunque no de forma inmediata.

Mientras tanto, la OTAN ha despertado y la Unión Europea ha dado una respuesta más o menos coordinada a la crisis. Como no hay razones para pensar que Putin se habría detenido en Ucrania, hay que mantener la presión militar y económica para que Rusia se siente a negociar, por ejemplo, una posible retirada o la neutralidad armada de Ucrania.

Pero también hemos podido leer prácticamente lo contrario. Putin va ganando la guerra, ha consolidado los territorios más rusófilos y cuanto más avance y más dure el conflicto, más difícil será que retroceda. Tiene a la opinión pública de su lado y aliados como China o India, que también quieren cuestionar una gobernanza global que gira en torno a EEUU.

Finalmente, Europa se encuentra en una posición muy difícil porque está dividida y sometida al chantaje energético de Putin. La salida de la guerra pasaría por dejar de enviar armas, tener voz propia como continente, retirar sanciones que permitan recuperar la estabilidad energética y comenzar las negociaciones.

Si en estos momentos parece que la primera versión se está consolidando frente a la segunda, la situación sigue siendo lo suficientemente incierta como para admitir cualquier variable. Rusia podría movilizar más población y más armamento, el peligro nuclear podría seguir aumentando y la situación europea podría empeorar, como ya han advertido los líderes políticos y como demuestra el retroceso paulatino de la democracia en el continente.

Aunque, ¿quién sabe? Si conforme Putin va retrocediendo progresan en Europa los principios socialdemócratas, los estados se deciden a poner normas a los mercados descontrolados, se lucha contra la extrema derecha con herramientas eficaces como los fondos europeos y se acelera el desarrollo de las energías renovables, la posguerra se parecería más a la expansión de los años cincuenta y sesenta del siglo XX que a ese «final de la despreocupación» del que hablaba hace poco el presidente Macron.

Si hacemos descender estas especulaciones a la vida política española, habría que señalar que la derecha defiende la energía nuclear, es contraria (hasta ahora) al control de los precios de la energía, favorable a descapitalizar el estado con bajadas masivas de impuestos y pretende llegar al poder con un partido que admira tanto a Orbán como a Putin.

Son propuestas similares a las que ya están llegando al poder en otros países, de modo que dentro de unos meses no solo deberemos elegir qué tipo de servicios públicos o qué derechos laborales queremos tener, sino también en qué lado de la historia queremos estar.

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