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El Periódico de Aragón

Juan Bolea

Sala de máquinas

Juan Bolea

Lechago

Hacía mucho tiempo que no veía a José Azul, pero me lo encontré en la presentación de La biblioteca sumergida de Lechago, un nuevo libro homenaje a Félix Romeo, coordinado por Agustín Martín Soriano.

Las esculturas de Azul, en cambio, las he ido viendo por diferentes salas, revistas, catálogos... Siempre esos animales fantásticos suyos, seres imaginarios, o bien peces, hormigas, ballenas, dinosaurios, jirafas construidas con materiales reciclados, sacados del tacho, del derribo, allá donde los pasos del escultor le llevaran en busca de inspiración o de elementos materiales para su obra. Son esculturas vivas. Les gusta la realidad, aunque prefieran los sueños.

Igualmente Félix Romeo caminaba por la vida con las manos en los bolsillos, a menudo mirando los suelos de la naturaleza humana, a ver qué encontraba entre el barro de los días digno de ser restaurado o exhibido en novelas como las suyas, visionarias, anticipadas a la fragmentación narrativa, a la auto-ficción, a la meta-literatura, a tantas de esas corrientes que luego otros explotaron peor que él, aunque a Félix casi todo le explotaba entre las manos.

El volumen ilustrado que ahora le recuerda con tanto cariño como el que él depositó en sus proyectos de creación lo hace en base a esa biblioteca sumergida que, llevando su nombre, descansa en el fondo del pantano de Lechago. Para acoger en su interior los libros dedicados por otros autores y preservarlos del agua y los barbos, José Azul ideó un complejo batiscafo, otra escultura suya, como inspirada en los artilugios submarinos del capitán Nemo, y, a modo de surrealista botadura, pues su destino era el hundimiento, la sumergieron en el pantano. A fin, acaso, de que dentro de años, o siglos, alguien la encuentre, la abra y redescubra en su interior la biblioteca sumergida Félix Romeo, junto con su memoria y los homenajes encapsulados en su recuerdo.

Luis Alegre, Nacho Escuín y otros autores y amigos intervinieron en la presentación de La biblioteca sumergida de Lechago, la última contribución al surrealismo aragonés, pero tan sólo un penúltimo recuerdo para aquel Félix Romeo que quiso caminar sobre las aguas y que ahora lo hace, como una escultura viva de José Azul, sobre el fondo del mar dulce y cerca de las playas de Lechago.

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