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Daniel Gascón

Crecer y decrecer

Como advirtió Orwell, hay cosas tan estúpidas que solo puede creerlas un intelectual. Algunas áreas son particularmente propicias para su exposición y florecimiento: tradicionalmente lo hemos visto en la franja entre la cultura y la sociedad de los periódicos, aunque los problemas con el cambio climático son un terreno fértil para las supercherías new age. Así, se denuncian nuestras costumbres, se pide calma, desconexión, se defiende el atraso.

En la mayoría de los casos, lo que es verdad es obvio y lo que no es obvio no es verdad: las medidas basadas en el estilo de vida y en la responsabilidad individual son positivas y nos hacen sentir bien, pero no son suficientes para alcanzar la reducción de emisiones. En otros, es una combinación de superstición y anticapitalismo.

A veces, vemos un kitsch rousseauniano antitecnológico; otras veces, lo que más ilusión hace no es la posibilidad de reducir la contaminación y el calentamiento, sino la denuncia del capitalismo: ¡por fin tendremos la oportunidad de acabar con él! Su anticapitalismo es poco marxista: por suerte para ellos, voy a venir en su ayuda con tres pinceladas.

Una de las versiones más lamentables y conocidas es el decrecentismo, que Branko Milanovic califica de «pensamiento mágico»: «Si queremos que el PIB mundial se mantenga más o menos como está debemos (a) congelar la distribución global de ingresos de manera que aproximadamente el 10 o 15% de la población mundial siga viviendo por debajo del umbral de pobreza absoluta, y la mitad de la población mundial por debajo de 7 dólares al día (en paridad de poder adquisitivo, PPA), que está, por cierto, muy por debajo del umbral de pobreza occidental», explica.

El desarrollo tecnológico y el crecimiento económico son dos elementos indispensables en la lucha contra el calentamiento global. En un ejemplo casi imparodiable, el filósofo Roman Krznaric comparaba el otro día tener coches con la esclavitud: como recordaba Jorge San Miguel, no acaban de entender que las formas sociales dependen de la energía disponible; si no hay coches igual vuelve a haber esclavos.

Una cosa curiosa de algunos de estos gurús es su énfasis en el municipalismo: casi llega a la adulación. A fin de cuentas, no hay tantos Estados y menos que estén interesados en políticas concienzadas. En cambio, hay muchas ciudades que pueden organizar laboratorios, asambleas, iniciativas, y mientras vas bajando de nivel de capitales globales a ciudades con ínfulas y pueblos con alcaldes animosos, vas ganándote la vida, como en un esquema Ponzi. Quizá algunos de estos gurús no sean tan anticapitalistas después de todo. Como la Luna, pueden deletrear decrecimiento mientras crecen.

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