Opinión

Culturas políticas

Con Cs desaparece una fuerza política que sujetaba un voto de derechas que se estaba perdiendo

Si los historiadores que han utilizado el concepto de «cultura política» la definen como un conjunto coherente de ideas, valores, símbolos, relaciones con el pasado e incluso formas de acción colectiva que los partidos manejan para interpretar y encontrarle sentido a la acción política, no creo que sea posible afirmar que con la desaparición de Ciudadanos lo hará también un intento de desplegar una cultura política liberal en España.

Dentro de muy poco los profesores de Bachillerato empezaremos a explicar la «revolución de nación» que el liberalismo desarrolló durante las Cortes de Cádiz, el complejo desmantelamiento del Antiguo Régimen durante el primer tercio del siglo XIX (abolición de señoríos y de la Inquisición, desamortización eclesiástica y civil) y el proceso de industrialización con medidas como la libertad de comercio, la construcción del ferrocarril o el desarrollo del sistema bancario. El balance del liberalismo progresista es, con todas las críticas que se le quieran hacer, lo suficientemente interesante para haber sido la base de la construcción de una cultura política dirigida a las «clases medias». Durante el siglo XIX, el surgimiento del movimiento obrero cuestionó algunas de estas medidas o sus consecuencias, como la concentración de la propiedad de la tierra, la ausencia de derechos políticos o la explotación laboral, pero las resistencias más fuertes vinieron del clero, de sectores de la aristocracia y de sus clientelas políticas, no necesariamente beneficiadas por la revolución liberal y que tuvieron que ser vencidas en tres guerras civiles.

Incluso en un contexto como el de la Restauración, los políticos liberales intentaron frenar la influencia de la Iglesia católica en la educación y plantearon reformas sociales de distinto tipo para mejorar las condiciones de las clases trabajadoras. Desde el punto de vista cultural, España conoció a comienzos del siglo XX una «Edad de plata» protagonizada por hombres y mujeres que conectaron con la modernidad europea pero construyeron también formas artísticas originales. Tras el golpe de estado del 18 de julio y la Guerra Civil, la coalición reaccionaria (Iglesia, Ejército, grandes propietarios) que se opuso a estos avances se llevó por delante no solo al movimiento obrero, sino también a un liberalismo que Santos Juliá presentaba como la «tercera España del 36» con las consecuencias que ya conocemos: España abandonó el ritmo de la evolución general con el que Europa occidental alcanzó sus mayores cotas de desarrollo económico y social.

Parece bastante claro que el partido político que se dispone a desaparecer ha ignorado este pasado. Solo hacía falta leer un poco, asumir algunas contradicciones (¿qué familia política no las tiene?) y proponer, quizás a un electorado reticente, una visión política liberal, modernizadora, laica y antiautoritaria. Pero decidieron prácticamente lo contrario: la Transición como acto fundacional y la unidad de España no los ha distinguido de la derecha tradicional, como tampoco su defensa de la Iglesia católica (enseñanza concertada), de los discursos más conservadores del ejército y las fuerzas de seguridad o de los intereses económicos de los más pudientes. Incluso han compartido un claro rechazo del legado político y cultural de la II República.

Si el resultado más palpable de estas decisiones ha sido componer gobiernos municipales y autonómicos con la ayuda de la extrema derecha para que no gobierne el centro izquierda, sería una falsedad argumentar ahora que desaparece un espacio político. Simplemente desaparece una fuerza política formada para sujetar un voto de derechas que se estaba perdiendo como consecuencia de la corrupción del PP. Misión cumplida.

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