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Olga Bernad

Olga Bernad

Filóloga y escritora

Tamara es nombre de algo

Si Javier Krahe viviera ya le habría escrito una canción: «Tamara tiene, qué sé yo, que solo lo tiene Tamara». Y qué tiene esta Zarzamora: todo el no-discreto encanto de la no-burguesía. Ahora que es noble y mayor y la vida le da disgustos, su pijismo candoroso se ha vuelto un poco más amargo. Parece que su novio, un chico atractivo del mundo de la noche, la coronó en una fiesta loca para humillación pública y privada de esta virgen doliente.

Es ya una cuestión político-social. Voces hay que se alzan entonando un «Todas somos Tamara», pero no lo somos, la prueba palpable es que yo detrás de mi ordenador tengo ahora mismo mucha plancha pendiente. Y, sin embargo, por qué esa áspera alegría ajena en su infelicidad. Tal vez ningún mérito ha tenido nuestra Tamara para ser quien es, pero tampoco ninguna culpa. Le tocó ser famosa, rica, marquesa y más o menos guapa y no es fácil sobrellevarlo sin que te odien un poco, quizá sordamente, como se odia a aquellos que a pesar de todo parecen buenas personas.

El olor a mandarina que desprendía su despreocupación se ha enredado con el sabor profundo de la mostaza que tiene la tristeza. Su alma ha cambiado igual que el maquillaje de sus ojos, ahora más oscuramente sombreado y serio, más señorial. Aparece en su rictus la intuición de una arruga interesante. En vez de pasar de niña a mujer, como su hermana Chábeli, ha pasado de muchacha cándida a marquesa de Griñón compuesta y sin novio. A sus espléndidos cuarenta, la marquesa no tiene quien le escriba canciones pero a cambio el país se rinde para bien y para mal ante su historia y ella, con su tono pijo, entre encantador e irritante, parece proyectar un subtexto más hondo, tal vez impronunciable, de oscuras certezas: «Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde». Yo creo que le favorece.

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