Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Huelgas en Francia

El Estado es un actor fundamental en este tipo de conflictos y no siempre es un aliado de la patronal

El pasado 27 de septiembre comenzaba en las refinerías de Francia (TotalEnergies y Esso- ExxonMobil) un movimiento huelguístico organizado por el sindicato CGT para reivindicar, básicamente, un aumento de salario como consecuencia de la inflación. Veinte días después, el conflicto sigue abierto e incluso podría extenderse a otros sectores como el transporte o el funcionariado.

Ante estos hechos, la actitud de la patronal no debería sorprender a nadie porque ha empleado una estrategia muy habitual. Comenzó expresando su sorpresa por la huelga, intentó que los trabajadores de las refinerías fueran percibidos por la opinión pública como unos privilegiados mediante el uso de cifras algo imaginativas, decidió sentarse a negociar con los sindicatos que no convocaron la huelga y ha exigido el fin de la misma antes de sentarse con el sindicato que la promovió.

Pero como los trabajadores han resistido todos estos días, el Estado ha terminado por quedar expuesto ante los problemas de abastecimiento en las gasolineras y los precios disparados de los carburantes. De este modo, se ha visto obligado a actuar públicamente con dos medidas muy claras: ha obligado a trabajar a los obreros de dos refinerías bajo amenaza de sanciones penales para garantizar el suministro, pero también ha emplazado a la patronal a sentarse a negociar con todos los sindicatos, lo cual se produjo el miércoles pasado, quince días después del comienzo de la huelga.

De esta negociación ha salido una propuesta de aumento de salario que, completada con algunas primas, ha sido aceptada por sindicatos que no habían convocado la huelga y rechazada por la CGT.

A pesar de no conocer todavía el desenlace de este movimiento, creo que es posible sacar ya algunas conclusiones sobre la lucha obrera en general o sobre la situación española en particular. Normalmente, los trabajadores se ponen en huelga después de varios intentos de negociación e incluso de intentar involucrar al estado en la resolución del conflicto. Cuando este se hace visible por las protestas o por la huelga, la patronal manifiesta no comprender un movimiento reivindicativo al que intenta desprestigiar y al que acusa de radical. Al fin y al cabo, se trata de una de las manifestaciones más claras de la lucha de clases y resulta paradójico que quien no quiere ni nombrarla sea una de las partes que más esfuerzo dedica a decantarla de su lado.

El Estado, por su parte, es un actor fundamental en este tipo de conflictos y no siempre es un fiel aliado de la patronal: en este caso, no quiere movimientos de protesta ni desabastecimiento, pero presiona para que las negociaciones lleguen a buen puerto y no incendien las calles.

En cuanto a las consecuencias en España, podemos comprobar cómo la inflación no es una consecuencia de las políticas del gobierno «socialcomunista», sino más bien de una coyuntura internacional complicada y, quizás, de soluciones financieras internacionales desacertadas. Además, las patronales y los gobiernos pueden tomar medidas para evitar que los conflictos lleguen demasiado lejos. En tercer lugar, la huelga sigue siendo un mecanismo fundamental dentro del amplio repertorio de acciones colectivas de los trabajadores para mejorar sus condiciones laborales.

Una vez más, la acción colectiva organizada de los trabajadores demuestra que, aunque el movimiento obrero y las luchas de clases estén desapareciendo de los manuales de historia y del vocabulario políticamente correcto, no han desaparecido de la Historia.

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