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Editorial

Pocos avances, ningún retroceso

La cumbre climática de Sharm el-Sheikh alcanzó un acuerdo sobre la bocina que contiene algún avance significativo en materia de justicia climática, pero revela la existencia de una fuerte oposición a una reducción progresiva de los combustibles fósiles y a mantener por debajo de 1,5 grados el aumento del calentamiento del planeta. La aprobación de un fondo especial para atender los daños provocados por el cambio climático en países especialmente vulnerables permite ver el vaso medio lleno, teniendo en cuenta que se trata de una antigua reivindicación que llevaba tiempo en la agenda climática. El mantenimiento del objetivo vigente de no rebasar los 1,5 grados en el aumento de la temperatura podría considerarse otro aspecto positivo si no fuera por el cuestionamiento del que ha sido objeto y que volverá a manifestarse, a buen seguro, en la próxima cumbre. Que la COP28 vaya a celebrarse en los Emiratos Árabes Unidos, el séptimo productor de mundial de petróleo, constituye un reto de cara al punto más negativo de la cumbre de Sharm el-Sheikh: la falta de compromisos en la reducción progresiva de combustibles, ante la oposición radical de Arabia Saudita, Rusia y otros países.

Pese a la importancia del fondo –cuyo financiamiento y alcance no quedó establecido–, de poco sirve pagar por las consecuencias del cambio climático sin atacar sus causas. Hacer esto llevaría a medio plazo a no poder financiar los efectos del calentamiento del planeta sobre los países más vulnerables, singularmente, los países-isla o aquellos, como Egipto, que tienen sus tierras más productivas y habitadas en zonas amenazadas por el aumento del nivel del mar. En consecuencia, el fondo debe ir parejo a ulteriores compromisos que aseguren una reducción de las emisiones y del uso de combustibles fósiles. En ambos objetivos, no se han producido nuevos avances en esta cumbre. Ciertamente, tampoco se han producido retrocesos, como pareció que podía ocurrir en algún momento, gracias a la actitud de los países más consecuentes, encabezados por la Unión Europea, y ello permite cierta esperanza de cara a la COP28.

A diferencia de las anteriores cumbres de París y Glasgow, en esta se ha manifestado una cierta fatiga climática atribuible a las crisis provocadas por la pandemia del covid-19 y la guerra de Ucrania, cuyos efectos se dejan sentir en medio mundo. En ese sentido, resulta hasta cierto punto lógico que en la COP27 no haya podido fijarse objetivos más ambiciosos. Sin embargo, la alerta no procede tanto de las limitaciones de la resolución final como de la dinámica que ha marcado la cumbre, donde la presión de los productores de petróleo, acompañados de más de 600 lobistas del sector, ha sido mayor que nunca y no ha tenido enfrente un bloque de países unidos por la lucha contra el cambio climático y las posiciones más ambiciosas han descansado fundamentalmente en la Unión Europea. Del lado positivo también cabe destacar el prometedor diálogo que han tenido Estados Unidos y China que ha facilitado la aprobación del fondo. Y del lado negativo hay que añadir que, al celebrarse la COP27 en un país donde miles de activistas están en la cárcel, la sociedad civil tampoco ha podido ejercer un contrapeso a las posiciones más conservadoras. Todo ello constituyen enseñanzas para la COP28 si se quiere que la mitigación de los efectos del cambio climático vaya acompañada de ambición en la lucha contra sus causas.

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