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Juan Bolea

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El Judío Errante

La leyenda del Judío Errante es anterior al siglo XIII. En particular, se afianzaría en Alemania, como uno de sus mitos más populares. Ya en el siglo XIX, Gustavo Doré ilustró el personaje con una serie de maravillosos grabados, que acaban de ser reproducidos en una nueva edición de El Judío Errante por la editorial Reino de Cordelia, incluyéndose asimismo en este volumen el poema de Pierre Dupont.

Pocas figuras de la literatura universal han sido tan versionadas (óperas, cuadros, películas…), con tanta asiduidad y opulencia como este personaje mistérico y metafórico, en la búsqueda de cuyo origen debemos retroceder hasta la Pasión de Cristo. Porque, atravesando Jesús la Vía Dolorosa con la cruz a cuestas, un zapatero hebreo instalado en una esquina de la vieja Jerusalén se negó a dejarle descansar, obligándole de manera inhumana a seguir con su tormento. El castigo divino por su ominosa acción consistiría en condenarle a errar por la tierra sin descanso hasta el final de los tiempos. De ese modo, e inmortalmente condenado a vagar sin rumbo, Ahasvero –era el nombre de aquel mezquino zapatero judío– se irá apareciendo a testigos de muy distintas épocas.

En 1575, por ejemplo, unos emisarios del Duque de Alba lo encontraron en el camino de Madrid y hablaron con él en un buen español. Pocos años después, el Judío Errante se presentaría en Estrasburgo para comunicar a sus magistrados que conocía muy bien la ciudad por haberla visitado doscientos años atrás.

Pero, ¿cómo era el Judío? En un extenso y descriptivo poema, Pierre Dupont lo describe como «calvo y muy pálido, con un esquelético cráneo, vistiendo calzas de marinero, capa hasta los pies y sayo florentino de lana burda y sin lino debajo, y llevando siempre en el morral cinco monedas».

A lo largo de los siglos su aspecto no cambiaría, pero su nombre sí: Ahasvero, José, Cartafilo, Isaac Laquedem… A veces, cuando pasaba cerca del cementerio de Bruselas, o caminaba por los Vosgos cerca de algún camposanto rural, o sus pasos le aproximaban a Roma, donde descansan apóstoles y papas, el Judío Errante ansiaba morir, descansar, pero entonces los muertos, saliendo espantosamente de sus tumbas, se burlaban de él recordándole su condena eterna a seguir caminando solo hasta el día del Juicio Final.

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