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Luis Negro Marco

Ucrania, del miedo a la dignidad

El sistema de Lenin y el posterior de Stalin asesinó sistemáticamente a generaciones de ucranianos

Años después de su independencia, en 1991 (tras la caída del imperio comunista de la URSS) Ucrania estrenó 2014 bajo la tiranía de un presidente (Víctor Yanukovich) corrupto, que no solo había hundido al país en una grave crisis económica y social, sino que también había incumplido su promesa de adherir Ucrania a la Unión Europea.

De hecho en 2013, cuando el gobierno de Yanukovich todavía mantenía su compromiso electoral de integrar a Ucrania en la UE, representantes del Consejo de las Iglesias del país se trasladaron a Bruselas para expresar su apoyo a la decisión, manifestando que el futuro de Ucrania pasaba por su pertenencia histórica al grupo de las naciones libres de Europa, cuyos pilares se fundamentan en los valores cristianos de la justicia, de la igualdad de derechos y del respeto a la dignidad humana.

Por lo tanto, el deseo de acercamiento del pueblo ucraniano a Europa no es reciente, como tampoco lo es el clima de guerra en el que se halla actualmente inmersa la nación. Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero del presente año, pero la guerra contra el país la había desencadenado ya el presidente ruso, Vladímir Putin, mucho tiempo atrás. Sin contar con los años de intrigas y guerra psicológica que habían desarrollado en el país los agentes rusos, la guerra contra Ucrania la declaró Rusia, de facto, el 18 de marzo de 2014, fecha en que –en una operación de falsa bandera, en la que los soldados rusos no llevaban los emblemas distintivos de su país– Rusia se apoderó de la Península de Crimea (que de iure sigue bajo la soberanía de Ucrania) y armó a las milicias separatistas pro-rusas de la región del Donbass.

De este modo, desde el mes de marzo de 2014 el gobierno ucraniano hubo de enfrentarse militarmente a las milicias terroristas separatistas del este del país en duros combates que, en tan solo unos meses (de marzo a diciembre de 2014) se cobraron la vida de 1.300 soldados y de 5.000 civiles, provocando a su vez que más de un millón de personas de las regiones de Luganks y Donetsk se vieran obligadas a huir de sus hogares.

Sin embargo, la tragedia en la que está sumida Ucrania desde hace casi una década, también ha despertado en su sociedad un poderoso movimiento de solidaridad. Admirable en todos los sentidos, la revolución filantrópica de la que actualmente hace gala el pueblo ucraniano, tal vez pueda entenderse mejor si volvemos la mirada a la Historia. Durante buena parte del siglo XX Ucrania ha sido una de las zonas más peligrosas de la Tierra. Así, entre 1914 (inicio de la Primera Guerra Mundial) y 1945 (año en que finalizó la Segunda Guerra Mundial) un hombre de cada dos y una mujer de cada cuatro murieron asesinados en Ucrania.

Solamente el sistema soviético-comunista de Lenin y el posterior de Stalin asesinó sistemáticamente a generaciones de ucranianos. Durante el bienio 1932-1933, Stalin ordenó matar de hambre a la población ucraniana, simplemente porque se oponía a sus planes de colectivización comunista. Dos años de famélico holocausto durante los cuales, cada día, morían más de 6.000 personas por inanición en Ucrania, conocida ya entonces, por la fertilidad de sus tierras, como el granero de Europa.

Todo este, casi inimaginable por su crueldad, sufrimiento acumulado que ha debido soportar durante décadas la población ucraniana, ha ido generando un enrarecido clima de convivencia, germen a su vez de una gran desconfianza, aun en el mismo seno de las familias. De este modo, el poder estatal fue generalmente disputado y desempeñado por oportunistas y corruptos que instituyeron el miedo como forma de gobierno y control social. Y esto no solo ha sucedido en Ucrania sino también en varios de los países que, durante más de siete décadas y hasta 1990, vivieron bajo la dictadura comunista de la URSS. Muchas de estas naciones (Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Lituania…) han podido avanzar hacia la libertad; otras (como Bielorrusia, Kazajistán o Chechenia) aún siguen sometidas a la tiranía de dictadores, bajo la tutela de Rusia; y otras, como Georgia en su día y ahora Ucrania, llevan años pagando un alto precio en vidas humanas por defender su inalienable derecho a vivir en libertad.

Por eso, la revolución del Euromaidán (Europlaza) que se vivió en Ucrania a finales de 2013 y durante los dos primeros meses de 2014, no fue sino la manifestación plural del pueblo ucraniano expresando sus aspiraciones a vivir en libertad. El movimiento significaba a su vez la transición del miedo a la dignidad humana, en defensa de los valores europeos. Y esta fue la razón por la cual el presidente pro-ruso Yanukovich reprimió de manera brutal el movimiento, recurriendo incluso a francotiradores que, el 20 de febrero de 2014 (el mismo día en que llegaban a Kiev tres observadores de la Unión Europea para exigir al gobierno el respeto a los derechos humanos) asesinaron a un centenar de personas inocentes, a las que desde entonces se recuerda bajo el nombre de la Centuria Celeste.

El 22 de febrero de 2014, dos días después de aquella masacre, de la que fue responsable, Yanukovich abandonó la presidencia de Ucrania y huyó del país. Tres semanas más tarde, aprovechando el vacío de poder, el presidente Putin ordenaba a sus tropas la invasión de la península ucraniana de Crimea, cuyo territorio se apresuró a anexionar a la Federación Rusa. Putin alentó además, ya entonces, el conflicto del Donbass, ilegalmente incorporado a Rusia desde el pasado mes de octubre.

Pero la revolución del Maidan ya había enseñado a la sociedad ucraniana a permanecer unida por los lazos de la solidaridad y el respeto mutuo, los cuales la han impulsado a abandonar el miedo, para dirigirse hacia la tierra prometida de la dignidad. Lección hermosa para un pueblo que debe hacer frente a una inhumana guerra, salvajemente desencadenada por el presidente ruso Vladímir Putin.

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