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Jesús Membrado

El hombre al que le susurraban los lobos

Hoy se propagan relatos falsos, mentiras contrastadas, análisis contradictorios, imposibles de verificar

Una de las grandes ironías respecto a por qué mueren las democracias es que su defensa suele esgrimirse como pretexto para su subversión.

Vivimos tiempos extraños en nuestro país: la polarización hace que la desautorización de las iniciativas del contrario no se haga en función de sus resultados, sino de las perversas intenciones que se le atribuyen. Por eso hay quien rechaza de forma sistemática las iniciativas del ejecutivo, evitando competir con él mediante la contraposición de las suyas propias.

Es más fácil «envenenar el pozo», caricaturizar, desprestigiar, insultar al contrario, que hacer política contrastando ideas , proyectos y soluciones. La movilización se hace con la deslegitimización permanente del contrario. En eso tenemos ejemplos muy cercanos y también muy lejanos: que utilizan machaconamente ideas, palabras, como martillo pilón. Algo que ya hacía Goebels en el nazismo alemán. Las palabras importan, ya lo creo. Cuando los estalinistas llamaban cerdos a los campesinos rusos y los nazis llamaban ratas a los judíos, estaban preparando el camino para lo que vino después, las matanzas de los primeros y el extermino de los segundos.

No es para tanto dirán algunos. ¿Por qué tanta excitación? Si al fin y al cabo la starlette de la política madrileña tan solo va diciendo, que «El presidente del Gobierno de España busca romper el orden constitucional, reducir España a una república federal laica y acabar con la monarquía, la religión y la Guardia Civil». Comparado con lo que dicen los seguidores de Donald Trump, revelando al mundo que en una pizzería neoyorkina los demócratas practicaban la pederastia, o con los bolsonaristas brasileños que llevan años difundiendo que la izquierda tiene un plan para repartir en las escuelas chupetes con forma de pene, lo que dice nuestra diva es pecata minuta. Banalizar sus palabras o dejarlas pasar como una muestra de su estrategia de propaganda delatan una permisibilidad excesiva ante una conducta democráticamente irresponsable. Jugar a ser «el hombre al que le susurraban los lobos» no exime de responsabilidades a Feijóo. «Si algo claro se infiere del estudio de las quiebras democráticas en el transcurso de la historia es que, la polarización extrema puede acabar con la democracia», dicen Steven Levitsky y D. Zibbatt en Cómo mueren las democracias.

¿Que esta presidenta dice que el cambio climático no existe y a continuación su presidente de partido plantea que los coches con más de diez años deben retirarse de la circulación porque son los más contaminantes?, no pasa nada, no va a romperse el cielo ante semejante discrepancia. Total, como decía recientemente Antonio Muñoz Molina en un artículo. «La ignorancia ha dejado de ser un obstáculo en una carrera política y se acepta con toda naturalidad, con indulgencia, hasta con una sonrisa, como una prueba de campechanería». Negar la realidad con descaro y desparpajo es «guay», que se fastidie tanto exquisito avinagrado y sabelotodo.

El problema es que una vez que uno empieza a deslizarse por esa pendiente y cuesta abajo, ya no se sabe dónde podrá detenerse. Porque después de tantas boutades ¿qué queda?

No nos engañemos, la simplificación de los problemas, la búsqueda de buenos y malos, de comunismo o libertad, tiene enorme atracción entre personas que se sienten seducidas por las ideas autoritarias. Les enfada la complejidad en que vivimos, y por eso buscan un lenguaje político que les haga sentirse más seguros y protegidos en este mundo. Seguramente los cambios demográficos que ha supuesto la inmigración son el primer elemento de choque. Pero hay más; las desigualdades y los bajos salarios generan ansiedad, ira y rechazo al establishment. La pobreza y la marginación inhibición. La ampliación de libertades individuales en el ámbito identitario , inseguridad y confrontación... A ello le podemos añadir la enorme transformación en la forma como la gente recibe y trasmite la información política. Hoy se propagan relatos falsos, mentiras contrastadas, análisis contradictorios, imposibles de verificar.

El problema no es solo eso; son los propios algoritmos los que fomentan y nos hacen llegar permanentemente noticias o información ad hoc que alimentan nuestra adición. El resultado es un «hiperpartidismo» que desconfía de la política normal y ridiculiza todo lo que no pase por ellos. Por eso se desconfía de todo y de todos, sean funcionarios, jueces, políticos de otros partidos o instituciones. Utilizar todo ello como base de un proyecto político es jugar con fuego en un sistema democrático.

«En un mundo polarizado no puede haber neutralidad porque tampoco puede haber instituciones apolíticas o no partidistas» dice Anne Applebaum en El ocaso de las democracias.

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