José-Carlos Mainer tendrá una de las Cajas de las Letras del Instituto Cervantes: depositará mañana su legado en un acto donde participarán Luis García Montero, director de la institución; la profesora emérita de la Universidad de Zaragoza María Dolores Albiac, el ensayista y catedrático de Historia de la Literatura Jordi Gracia, y la escritora Araceli Iravedra. Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza, ha dicho que dejará primeras ediciones de sus libros y algún texto juvenil de creación. Hay épocas, fenómenos y tendencias de la historia intelectual española que no se pueden entender sin el trabajo de Mainer. Es autor de obras de referencia como Falange y literatura (1971; 2013), La Edad de Plata, 1902-1931 (1975; 1981), Letras aragonesas (XIX-XX) (1989) o La Corona hecha trizas, 1930-1960 (2008). Ha escrito monografías como 17 de diciembre de 1927 (2020), ha editado a numerosos autores y ha dirigido la Historia de la literatura española (2010-2013). Es un experto en Jarnés, Sender o Pío Baroja, a quien dedicó una biografía. La filología para él es una encrucijada donde confluyen la literatura, la sociología y la historia; la literatura está en un contacto transformador con la filosofía y las artes. Combina como pocos la erudición y la capacidad de síntesis, ha introducido claves interpretativas, ha relacionado lo que sucedía aquí con fenómenos globales y ha sabido organizar panorámicas de una manera tan clara como estimulante. Muchas tesis, rescates, reevaluaciones y vías de investigación parten de sus trabajos.

Me gustan también libros suyos aparentemente menores, como La filología en el purgatorio, un conjunto de perfiles que es un homenaje a su oficio, o su Galería de retratos, y he disfrutado con ensayos más generales como La escritura desatada o Historia mínima de la literatura española. Recuerdo sus clases con cariño: aprendí mucho, me llevó a libros geniales como El incongruente. Para mí era famoso desde que tengo memoria: imponía, y luego me di cuenta de que era más tímido que yo.

Una de las claves de este gran lector es que es un excelente escritor: admirador de la tradición narrativa de la historiografía anglosajona, sabe resumir el clima intelectual de una época en un párrafo, contar un año como una novela (por ejemplo, en el primer ensayo de Tramas, libros, nombres), hacer un desplante demoledor en una esquina de la frase y expresar con elegancia una intuición crítica memorable. En todos sus textos hay un instante donde se percibe el placer eléctrico y contagioso de la lectura y el descubrimiento, y uno nota que el sabio se divierte.