El sí con arte

Vicente Calatayud

Vicente Calatayud

Dicen que con los años se adquiere experiencia en el caminar por la vida, si esta no sufre cambios irreversibles y absurdos provocados por quienes, faltos de higiene hormonal sexual, pretenden cambiar las normas y reglas de la naturaleza. Pare ser que se ha producido un aborto, esta vez jurídico, del neomovimiento irenemonterizado que pretende cambiar el arte y la práctica del heteroamor carnal (con gozo, disfrute y suspiros) por un psicoamor sin erotismo, que ha de solicitar consentimiento expreso y que conste para la práctica sexual. Consentimiento concedido tras lista de espera y varias teleconsultas.

Eso puede suceder hasta llegar a la edad octogenaria, tiempo de espera inmenso que produce un despeñamiento hormonal irreparable, y cada vez más precoz. Es hoy más necesario utilizar el arte, pictórico, literario o manual, que resucite la emoción y el deseo. Por ejemplo, como se muestra en los sonetos magistrales de La casada infiel, de Federico García Lorca: «Fue una noche de Santiago / y casi por compromiso. / Se apagaron los faroles / y se encendieron los grillos. / En las últimas esquinas / toqué sus pechos dormidos, / y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. / Sin luz de plata en sus copas / los árboles han crecido / y un horizonte de perros ladra muy lejos del río…»

Pero cuando la incultura llega al poder, con formato de bípedo sin el bastante pulido escolar, con un mero barniz universitario y sin un suficiente ejercicio profesional, ignora que cada pensamiento genera una emoción y cada emoción moviliza un circuito natural, que tendrá impacto en los millones de células que forman un organismo, anhelante de placer y goce. Esta incultura legisladora quiere ampliar los géneros de la especie, que solo está realmente sumisa a las normas de la naturaleza.

En tales circunstancias, intencionadamente o por ignorancia han preferido obviar que el interrogante ¿Sí? raramente ha sido real y practicado. Para conseguir ese sí, a menudo en la fase previa ambos sexos suelen recurrir a argumentos, hoy chapuceramente penados, para que la práctica espiritual y literaria del amor se convirtiera en el necesitado, agobiante, relajante y satisfactorio amor físico. Un preludio intenso, a veces incómodo, que finalizaba siempre con serenidad, silencio, sabiduría, sabor, sexo, sueño, sonrisa… o claxon de un pequeño e incómodo turismo.

El arte de la mirada, el roce, alguna lágrima y una falsa y desinteresada alianza orientaban de común acuerdo los apetitos y esperanzas sexuales de dos voluntades, que, aun sin desearlo al inicio de la pretensión, vencidas por la emoción, daban al fin libertad de acción a la manipulación táctil, a los sueños eróticos y espirituales en un, a veces descuidado, o silenciado, deseo.

Véase esta muestra, que no necesita recurrir al hoy propuesto «psicogénero»:

«Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, / bajo su mata de pelo / hice un hoyo sobre el limo. / Yo me quité la corbata. / Ella se quitó el vestido. / Yo, el cinturón con revólver, / ella, sus cuatro corpiños. / Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, / ni los cristales de luna / relumbran con ese brillo. / Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, / la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. / El almidón de su enagua me sonaba en el oído / como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. / Aquella noche corrí el mejor de los caminos, / montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. / Sucia de besos y arena yo me la llevé del río. / Con el aire se batían las espadas de los lirios / No quiero decir, por hombre, / las cosas que ella me dijo. / La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. / Me porté como quien soy, / como gitano legítimo. / La regalé un costurero / grande, de raso pajizo, / y no quise enamorarme / porque teniendo marido / me dijo que era mozuela / cuando la llevaba al río».

En mi tiempo de pulimento universitario por tierras maoríes, Lorca me sirvió de paradigma para entender la dificultad de un sí al completo, tal y como parecen querer embridarlo estas legisladoras de ahora, de forma tan expedita y rotunda.

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