Julio José Ordovás, detective privado

Daniel Gascón

Daniel Gascón

«Todo el mundo debería nacer en un pueblo para saber lo que significa poder escapar de él. Sí, de acuerdo, pero todo el mundo debería nacer en un pueblo para saber lo que significa poder volver a él», escribe Julio José Ordovás en Castigado sin dibujos (Xordica), un libro que tiene algo de Amarcord en Belchite en los años ochenta, de regreso a su novela El Anticuerpo (Anagrama) y, como ha explicado el autor, de precuela de El peatón sentimental (Xordica). El peatón sentimental era un libro sobre la madurez, la observación y la ciudad; Castigado sin dibujos es un libro sobre una niñez en un pueblo y sobre la construcción de una mirada. Son unas memorias infantiles en una localidad llena de fantasmas, con los muertos y las ruinas de la guerra, mujeres desaparecidas y tragedias.

En la infancia hay una contigüidad con las cosas que olvidamos con la edad: con los animales (la gata del protagonista, que desayuna con él; el perro Tim; un pájaro que mata sin querer), pero también con los fantasmas y la ficción, con las novelas de Stevenson, Verne y Twain (y la Biblia, otra novela de aventuras), con los dibujos animados y las series de televisión, en una época en la que el socialismo español «era el olor a pollo a l’ast que se extendía por todo el litoral mediterráneo». El protagonista se hace una tarjeta -Julio José Ordovás, detective privado- y se pone a resolver misterios. Tiene mala puntería con el tirachinas, se escaquea de una batalla convocada entre los niños del pueblo, se enamora, lo llevan a bares, viaja a Zaragoza, descubre que su madre es hija adoptada y va a ver sus abuelos para decirles que los quiere. Escribe cartas a direcciones inventadas y sabe que «para poder ver a los fantasmas y a los demonios había que andar con los ojos abiertos a lo misterioso».

Tiene una cuidadora cómplice y admirable, su madre, y otros héroes con algo de outcasts: su tío, su abuelo, el Indio. Una noche despierta llorando porque ha soñado que Bugs Bunny ha muerto y una mañana un borracho atropella a su abuelo: «Los gritos de horror de mi madre me despertaron, de una vez para siempre, del sueño de ser niño». Este libro hermosísimo -con una prosa precisa y serena, llena de alusiones y autenticidad- es un ajuste de cuenta ante el niño que fue el autor, como ha escrito Aloma Rodríguez, pero también la historia de la formación del personaje: como un héroe de western, el protagonista sale con un arma (la máquina de escribir) y la capacidad de manejarla. Tiene cicatrices y una forma propia de ver el mundo, aparentemente desengañada y pudorosamente romántica, consciente de la dignidad de los humildes y los excluidos y de la injusticia y la mala suerte, con la intuición de que los libros le ofrecen la posibilidad de escapar a su destino. O inventarlo. *Escritor @gascondaniel

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