Ramón ‘Tamemes’

Un intolerante no permite que las opiniones distintas a la suya vuelen en libertad

José Mendi

José Mendi

El respeto es el rechazo más educado que expresamos ante todo lo que no nos gusta. Es una actitud distante, casi fría, que nos permite alejarnos de lo que estamos obligados a tener a mano. Presentamos sumisamente nuestros respetos, con una genuflexión de nuestra personalidad, a los mandamases de turno. Los esclavistas del poder nos devuelven el servilismo con latigazos de indiferencia. Se les respeta por su influencia, aunque son irrespetuosos por su comportamiento. Ser respetable sin ser respetado es la mayor tragedia de la dignidad.

Decía el filósofo francés Albert Camus que nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo. Hay situaciones de riesgo, a las que les tenemos respeto, porque nos dan vértigo. Decimos que debemos respetar a nuestros mayores. En realidad expresamos que debemos dedicarles más atención y medios. En el deporte respetamos al adversario si competimos bien, no si ganamos o perdemos mejor. La convivencia implica tensión entre diversos respetos, que solo existe cuando la relación es equilibrada y mutua. Las personas somos respetables pero no todos somos respetados. Otra característica humana que no tenemos, sino que se nos reconoce por los demás.

La civilización ha avanzado a base de no respetar la realidad establecida. Lo revolucionario es irrespetuoso con el pasado. La paradoja es que hoy se respetan más los derechos humanos que antes, porque no hemos respetado lo que se había consagrado para el futuro de esas mismas personas. La tolerancia es más amable que el respeto.

Un tolerante admite convivir con ideas ajenas. Un respetuoso, en cambio, prefiere que sigan en el cerebro de otro. Un intolerante no permite que las opiniones distintas a la suya vuelen en libertad. El problema del irrespetuoso es que se jacta de las creencias o ideas de la gente, sin diferenciar a la persona de lo que piensa o dice esa misma persona.

Las religiones han diseñado un conjunto de fantasías absurdas que muchas personas asumen como ciertas. Las sectas captan seguidores que aceptan los postulados más extravagantes y renuncian a cualquier análisis crítico. Las ideologías totalitarias cuentan con respaldo popular para someter a los mismos ciudadanos que las apoyan. Las conspiraciones más estrafalarias, sean contra las vacunas o para explicar que la Tierra es plana, se difunden con más éxito que los razonamientos científicos. La diversidad de tanta credulidad comparte la lógica de una misma incongruencia: proviene de personas, a las que debemos respetar, que sostienen convicciones que no merecen el más mínimo respeto.

El lunes se registra en el Congreso la moción de censura de Vox con Ramón Tamames de candidato. El joven de izquierdas es ahora la momia de la ultraderecha. El economista merece respeto personal, pero a la vez se ha ganado a pulso la sorna política. El debate debe ser muy aseado, literalmente, adaptándose a la edad y circunstancias del ponente, para que no sufra impotente, como penitente. Es comprensible el subidón de vitalidad que debe dar a los 90 años subir a la tribuna del parlamento como presidenciable. Pero utilizar la viagra fascista para tener una erección fallida genera una frustración de impotencia democrática. La edad no es un impedimento para nada. Lo triste es que una herramienta constitucional se use para marcar territorio entre Feijóo y Abascal, como aliados ante las elecciones. Utilizar de espantapájaros de las derechas a un rescoldo de la izquierda convierte a un personaje con historia en una caricatura del pasado. Si hay algo peor que ser un memo es que te confundan con un meme.

El que fuera diputado y dirigente del PCE se arriesga a fundirse con el mismo blanco y negro al que se enfrentó en la dictadura franquista y terminar siendo una parodia de sí mismo. De hecho, ya le apodan Ramón Tamemes.

El respeto suele estar cubierto de coherencia, aunque ésta no es inamovible al cambio. Esa línea que diferencia una mutación artificial de una evolución natural es la que distingue el horizonte de honestidad, del agujero negro de la irracionalidad. Si el respeto se convierte en una moneda de cambio, pierde valor. Si una persona respetable se agarra a ideas que no lo son corre el riesgo de confundirse con lo que representa, aunque no llegue a pensarlo.

Prefiero el respeto de Aretha Franklin. Ella exigió Respect, en la canción grabada el día de San Valentín de 1967, que se convirtió en un himno feminista: «todo lo que pido es un poco de respeto cuando llegas a casa».

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS