Lo que contamos y lo que no

María José González Ordovás

María José González Ordovás

He estado tentada de dedicar estas líneas a una expresión convertida en protagonista esta semana. Me refiero, por supuesto, a eso de «gente de bien». Dado que han sido muchos los comentarios al respecto me conformaré con añadir únicamente alguna duda que me suscita. No sé bien si por «gente de bien» se hacía referencia a «gente de bienes», a «gente de orden» o, tal vez, a una mezcla entre ambas. De la frase al completo y su contexto parece inferirse la idea de que su autor venía a decir algo así como «quien piensa como yo y los míos son gente de bien, pero quien no lo hace no puede ocupar tan alta categoría».

En todo caso, poco o nada de republicanismo parecía inspirar tal pensamiento. Dicho eso, y a falta de que alguien me aclare tales cuestiones, por encima de lo que más que anécdota parecería autorretrato, tiendo a pensar que todos, políticos o no, venimos a ser la suma de lo que contamos y lo que no. Suma aderezada con lo que de vez en cuando «se nos escapa». En alguna parte leí hace tiempo que a la boca asoma lo que al corazón escapa. Tratamos de protegernos y para ello nos ocultamos en las palabras que escondemos. Sabemos que nuestras palabras nos traicionan y si no nos andamos con ojo las muy traidoras desvelan lo que con tanto empeño velamos. A menudo una tapa de silencio cubre y guarda lo que nos importa más. La cuestión es por qué. Una de las acciones que encuentro más interesante es descubrir el porqué de las cosas. La razón o razones que nos llevan a hacer u omitir algo, el motivo frecuentemente cubierto y recubierto de capas de palabras superfluas, disimuladas omisiones y silencios bien trabajados.

Cuando bajamos la guardia, por espontaneidad, cansancio o también porque un vino de más ha actuado como cooperador necesario, esas palabras, que con tanto celo atesorábamos bien adentro, se escapan encaramándose hasta nuestra boca reclamando la libertad que hasta entonces les había sido vedada. Tradicionalmente, con categórica seguridad se afirmaba que solo los niños, los borrachos y los locos dicen la verdad. Supongo que por falta de recursos para ocultarla o por desconocimiento de lo que su predicado puede llevar consigo. A la luz de lo que he escuchado esta semana tal vez habría que pensar en sumar un cuarto grupo de personas que se hallan en tal especial lugar: los que no ateniéndose al guion confían, y quién sabe si más de la cuenta, en su capacidad de oratoria.

No me extrañaría nada que más de un asesor haya «regañado», tanto en esta ocasión como en otras anteriores, a quien, desviándose del discurso entregado, un hilo de argumentos elaborado a veces con más ejercicios de equilibrismo que la postura del cuervo en yoga, se ha entregado a la improvisación y con ella a las críticas de críticos y rivales. Visto lo visto, o mejor, oído lo oído, ahí van una moraleja y una recomendación. La primera: solo los más hábiles pueden permitirse el lujo de la espontaneidad discursiva. La segunda: rodéense de amigos, y solo de ellos, cuando llegado el momento del esparcimiento y la conversación se tomen un vino.

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