El mal amor

Olga Bernad

Olga Bernad

Al Arcipreste de Hita le faltó la secuela de El libro del Buen Amor, que hubiera sido, como en el caso de El padrino, una gran segunda parte. Lo peor del mal amor es que está condenado a la mentira. Se miente a sí mismo cuando interpreta y sigue mintiendo a los demás cuando habla. Con motivos o incluso sin ellos, tenemos derecho a decir no, y deberíamos poder soportar que nos lo dijesen. Las personas normales se entristecen, los apasionados sufren e investigan los límites de su dolor, es decir: aprenden; los mejores escriben poemas. Pero el acosador, por encima de todo eso, no acepta un no, no acepta al otro, ese otro desligado de sí mismo y su vanidad; busca mil explicaciones, se crece de una manera equivocada, refuerza sus actitudes hasta hacerse minuciosamente odioso a los ojos de quien quiere poseer.

Toma café en tu bar, pasea por tu calle, va a los mismos cines que tú, propicia mil coincidencias cotidianas e interpreta las del otro como mensajes en la misma lengua. Te espía, te importuna, y tú te vuelves sensible al mínimo roce de su mirada. Enseña su dolor constantemente, su dolor de monarca indignado, de mentirosa víctima, de serpiente que sabe arrastrarse y quiere hipnotizar. El acosado llega a preguntarse si tiene derecho a marcar su territorio, si eso será amor, si debe decir no tan claramente, si esa honestidad no forma parte de cuantas margaritas echamos a los cerdos. Si tendrá razón o se estará volviendo loco. Pero el sentimiento de rechazo llega a ser tan rotundo que no es fácil fingir ni tan siquiera cordialidad. Es tan cierto que aclara cualquier duda. No puedes. Cuando el acosador pasa a la acción, comprendes que tu instinto olió su sangre negra antes que tú. Que tu mirada le dice lo que no quiere saber: le dice quién es. Le dice que no. Que es no, es no, es no y lo será siempre.

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