Sala de máquinas

Spielberg se confiesa

Juan Bolea

Juan Bolea

Para los autores que son muy de su género, saltárselo e intentar suerte en otro no es tarea fácil. Todos corren el riesgo de asomarse al fracaso, y muchos han perdido crédito a cambio de nada. Hay excepciones, como aquella novela tan personal titulada La Granja, que John Grisham dedicó a los recuerdos rurales, familiares, de su infancia y adolescencia. Realmente buena, no desmereció a los grandes éxitos cosechados por Grisham en el ámbito del thriller judicial, en el que sigue tan especializado. Un riesgo parecido al suyo podría presuponerse que corría Steven Spielberg cuando decidió rodar su nueva y autobiográfica película: Los Fabelman.

Se trata de una historia asimismo completamente personal. Su familia protagoniza de principio a fin la historia. El contraste, el punto de vista para describir a sus miembros, convertidos en personajes, lo proporciona el propio trasunto de un Spielberg en plena adolescencia y aprendizaje de su pasión por el cine. Un oficio que nadie iba a enseñarle y que tendría que ir aprendiendo a golpe de cámara, de corto, de atrezzos caseros, entre los golpes que le iría dando la vida.

La mayoría de esos disgustos fueron causados por la relación de sus padres, una pianista que no llegaría a asentar su carrera musical y que tuvo problemas con el alcohol y un ingeniero informático genial en la investigación de computadoras. Un tercer hombre en discordia, íntimo de la familia, acabaría separándoles de la madre, pero para entonces el joven Spielberg, cámara en mano, ya habría obtenido algunos reconocimientos escolares que le darían confianza y animarían a intentar una carrera en Hollywood.

Prodigiosamente filmada, como todo lo que ha hecho Spielberg, y narrada con una mirada tierna y sencilla, Los Fabelman va discurriendo ante los ojos del espectador con esa mezcla de perfeccionismo técnico y fuertes emociones humanas a las que el director nos tiene acostumbrados. No es, creo, un peliculón, al faltarle drama, tensión, al abundar las escenas demasiado previsibles y al incluir algunas, como las extrañas reacciones del líder del instituto o la ridícula presencia de John Ford, perfectamente prescindibles, pero sí una buena película y un mejor ejercicio introspectivo, a compartir en sentimientos e impulsos de superación con este genio del cine con infancia difícil.

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