Otra tumba en el Mediterráneo

El Periódico de Aragón

El Periódico de Aragón

Hace demasiados años que el Mediterráneo es la tumba de emigrantes procedentes de diferentes puntos de Asia y África como para liquidar la tragedia en la costa de Calabria con la enumeración de las razones técnicas del naufragio que ha sumado la muerte en el mar de al menos 60 personas más, incluida una veintena de niños. El estado calamitoso de la embarcación en la que los migrantes partieron de Esmirna, la segura responsabilidad de una de tantas mafias que operan en Turquía y las condiciones adversas para el rescate en una mar embravecida son datos insuficientes para dar con la razón última por la que con dramática frecuencia se repiten tales episodios. Cuando más de 26.000 migrantes han perdido la vida rumbo al norte en los últimos diez años es inaplazable que la UE se atenga a la realidad de un problema sin resolver, por más que la mayoría de sus socios aspiren no solo a consagrar una Europa fortaleza sino a desentenderse de lo que pasa a las puertas de ese muro. Europa debe pedir explicaciones de una vez al Gobierno ultraconservador de Giorgia Meloni, dispuesta a dificultar al máximo la labor de rescate de las onegé en alta mar.

Las imágenes de la playa calabresa son suficientemente expresivas de las dimensiones del drama y de la necesidad de que los Veintisiete se apliquen en dar con una gestión conjunta, ordenada y segura de un problema global, que afecta en mayor medida a los estados de la costa norte del Mediterráneo pero que es responsabilidad colectiva de todos sus miembros. De hecho, poco o nada ha avanzado la gestión de los flujos migratorios desde el acuerdo suscrito en 2015 por la UE y Turquía, por el que este país se convirtió en una suerte de contenedor de refugiados y se comprometió a controlar la seguridad exterior en el límite sudeste de Europa, mientras la diplomacia con Marruecos busca mantenerlo como estado tapón al otro extremo del Mediterráneo. Antes al contrario, se ha endurecido la oposición de muchos estados al reparto de cupos de migrantes –ya sean refugiados políticos o desplazados por motivos económicos– y a destinar más recursos al dispositivo Frontex, que con toda seguridad salvaría vidas.

No han corrido mejor suerte las políticas de ayudas al desarrollo con los países de origen de los inmigrantes y de colaboración con las fuerzas de seguridad de los que albergan las mafias que trafican con seres humanos. Las razones del fracaso han sido a un tiempo presupuestarias, logísticas y políticas, con el auge de la extrema derecha detrás. Porque cuando Georgia Meloni reclama la solidaridad europea en ese ámbito no hace más que salir del paso y elude la complejidad de las actuaciones en origen, de su eficacia cuando se trata de llevarlas a la práctica en países en guerra, con regímenes minados por la corrupción o simplemente en lugares sin los recursos técnicos mínimos necesarios para que el codesarrollo sea una realidad a corto plazo. Una declaración de Amnistía Internacional de 2021 proclama: «La UE y sus estados miembros no han asumido su responsabilidad para con las personas que buscan seguridad en Europa». Esa sigue siendo la situación, nada ha cambiado para pensar que las muertes frente a una playa de Calabria serán las últimas en la triste relación de migrantes que han perdido la vida en busca de una existencia mejor. Son demasiados los antecedentes para no pensar que la única vía de mejora es un compromiso sin reservas de la UE.

Suscríbete para seguir leyendo