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Opinión | Sala de máquinas

Henry James

Austral Esenciales, la nueva colección de Clásicos del legendario sello editorial español con el que muchos nos iniciamos en las grandes obras y en los grandes nombres de la literatura universal, vuelve a presentarnos nuevos y viejos títulos de ayer, de hoy y siempre en formato bolsillo, ligero y apto para su traslado.

Así, me llevo literalmente en mi bolsillo al tren La lección del maestro de Henry James, con tan poco peso como los propios billetes de un asiento y trayecto que, si me lo permiten los móviles del vagón, dedicaré a la lectura de este maestro que tantas lecciones me dio.

Releo, en efecto (a pesar de las molestas conversaciones telefónicas de otros insolidarios viajeros), esta novela corta suya con la misma admiración con que la descubrí hace muchos años, y con la que espero volver a leerla dentro de otros cuantos, pues el texto es inmortal, indiferente al paso del tiempo.

En sus medidas páginas, Henry James abordó el tema de la belleza en el ideal de su perfección artística.

Lo hizo centrándose en la disciplina literaria, la de su mayor dominio, procediendo a la creación de dos personajes que difícilmente olvidará la memoria del lector: Henry de Saint George, un gran y consagrado escritor con una reconocida obra detrás, y Paul Overt, un joven y prometedor novelista que le admira profundamente. Entre uno y otro, James situará la figura de una joven mujer, la señorita Fancourt, hija de un general de la vieja guardia francesa, que bien podría representar ese ideal de belleza, la utopía filosófica de un arquetipo o la ilusión de un amor inmortal. El autor jugará magistralmente con ese trío de protagonistas, teorizando al mismo tiempo sobre la manera de trasladar al lenguaje en acciones coloquiales las ideas y mitos que inspiran La lección del maestro.

Un formidable ejercicio de precisión psicológica, buen gusto literario y armonía en el método de composición narrativo. Fondo y forma, estilo y técnica se aúnan aquí en el franco objetivo de asombrar y entretener al lector, utilizando el melodrama como base de su dinámico motor y la finura en las semblanzas y sentimientos de los protagonistas, literalmente diseccionados con escalpelo mágico. Una joya.

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