Opinión
La soledad sonora
El día de las elecciones tuvo Antonio Gala la ocurrencia de morirse, y así pasó al otro lado sin ruido, como premonizaba el título de una de sus últimas entrevistas junto a su amigo Jesús Quintero: «No os molestéis, conozco la salida». Aunque no militó en partido alguno, se inscribió claramente a la izquierda y formó parte de ese elenco de escritores que, cuando la tele era una y grande y el concepto de intelectual aún gozaba de prestigio, eran realmente personajes famosos. Aunque no formó parte de mis mitos, me gustaba y me acompañó en algunas épocas de mi vida.
Me leía sus obras de teatro en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza, entre descansos de estudio: ¿Por qué corres, Ulises?, Las cítaras colgadas de los árboles y el precioso título de Noviembre y un poco de hierba, entre otras; vi representado El hotelito cuando la España de las autonomías y leí algo de su poesía, que también grabó Clara Montes en un disco de gran éxito; participó en series de televisión como aquella mítica Paisaje con figuras que yo recuerdo de mi infancia; sus novelas (Más allá del jardín, La pasión turca), cuyos derechos vendió para el cine fueron también un éxito innegable; leí sus columnas en El País, en la tronera de El Mundo y en tantos sitios; vi muchas veces sus entrevistas en televisión y en ellas era siempre interesante, un poquito preciosista, con esa mala leche de mariquita mala que le gustaba gastarse en ocasiones.
En fin, lo tocó todo, y todo lo tocó con el extraño don de la aceptación popular. Por eso me ha sorprendido la poca repercusión que ha tenido su muerte, como si no hubiera pasado nada o hubiera estado muerto hace tiempo ya. Me estremece nuestra eficacia para el olvido y nuestra infinita capacidad para no decir ni un tímido «gracias, don Antonio, buen viaje hacia su soledad sonora».
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