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Opinión | HOGUERA DE MANZANAS

El español y sus desgracias

Huyo de las polémicas estériles en las redes como de la peste, hasta que un día te hartas de leer sandeces y te metes hasta el fondo. Así me pasó hace poco en un hilo donde, desde una postura pequeño-nacionalista, se tildaba precisamente de nacionalista el hecho de llamar español al español, en una suerte de «el mundo al revés» que me dejó perpleja. El diccionario panhispánico de dudas no puede ser más claro: «Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América son válidos los términos castellano y español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más adecuada está hoy superada. El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad». Pues hete aquí que, en una defensa emocionante (y sorprendente) de la Constitución, un señor nacionalista vasco decía que la que «manda» es nuestra norma Suprema.

La Constitución se limita a usar uno de los términos correctos para referirse a nuestro idioma común, igual que llama «villa» a Madrid para expresar su capitalidad y eso no significa que no podamos referirnos a Madrid como la «ciudad» que es en otros contextos. Uno puede usar «castellano» porque le gusta más, porque lo decía su aita o porque le da alergia y sarpullidos ver una eñe, y otro puede usar «español» porque le gusta más, porque se llama así o incluso porque es nacionalista. Ambos estarán usando términos correctos; pero lo que no puede es enmendar la plana a quien usa el término «español» para nombrar su idioma, explicándole –encima– que es más correcto llamarlo «castellano». No lo es. Es así de simple. Afortunadamente, fuera de esos territorios mentales ensimismados, el uso, el sentido común y la autoridad lingüística van de la mano. No creo que haya otro país en el mundo donde un idioma tan hermoso dé problemas hasta para llamarlo por su nombre.

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