EL ARTÍCULO DEL DÍA

El verano que llega

La ciudadanía, aburrida, vuelve la atención hacia voces que son simple propaganda antitodo

Eugenio Mateo

Eugenio Mateo

Me han caído encima, de repente, el verano con sus 40 grados y los pendientes vertiginosos de la nueva presidenta de las Cortes Aragonesas. Se han puesto de acuerdo todas las señales de alarma y me veo abandonado en mitad de la sequía, y aún más, en las tormentas torrenciales que también me cayeron encima a pesar de que nunca lo hacen a gusto de todos. Por si acaso estos vientos de calima que se barruntan no fueran suficientes para buscar cobijo en última instancia en la caricia incorpórea de la brisa fría del acondicionador de aire, tendremos elecciones cuando los termómetros se asfixian y nosotros nos arrastraremos por el tórrido asfalto hasta la urna salvadora en la que depositaremos un papel en el que diga a quién le reservamos el honor de gestionar un país que se empeña en no ser gestionable. ¡También tiene bemoles el órdago del jefe de gobierno!

Es cierto que el buen hombre ha recibido hasta en el carné de identidad desde todas las tendencias habría que convenir que los anteriores gobiernos también fueron desalojados de manera sui generis, esto es, peculiarmente, en medio de grandes broncas, todas legales, por supuesto, en especial la de las elecciones. El gobierno actual ha tirado de la política para buscar mayorías, que son las que articulan las áreas de poder, donde no le quedaba más remedio, porque en este país no se tiene a bien practicar los pactos a la alemana, y la derecha no le ha dado tregua, no ya buscando la confrontación de programas, sino apelando a las vísceras, órganos que llevan a enfrentamientos reales y cainitas. Pareciera que su concepto de la política no entienda más que de provincianismo y caciquismo. De momento, el gobierno sigue en pie y quiere ofrecer un plebiscito: Ellos o yo. No hay vuelta atrás, y como este país es fallido, se han dejado pasar demasiadas oportunidades, que ya no tienen remedio y se tira de soflamas que parecían desaparecidas, y al final, la ciudadanía, aburrida de tanto juego de parchís, vuelve la atención hacia voces que son simple propaganda antitodo lo que huela a progreso, pero que acaban calando en las conciencias.

Se habla de un cambio de ciclo; si fuera así, qué torpeza la de izquierdas y centroderecha, por haber estimulado la nostalgia. Aquello de: con Franco vivíamos mejor tiene cada vez más seguidores. Están en su derecho de pensar lo que quieran, lo más seguro es que en su fuero interno, los de más edad recuerden las estrecheces y no reparen en lo que nos costó salir, pero es cosa pasada y para muchos que nacieron después de la llegada de la democracia es cosa desconocida.

Los nuevos adalides de la autarquía prometen tantas cosas, como, por ejemplo: llamar a las cosas por su nombre, apelando a la historia que nunca fue como dicen, aunque se la crean, y que al final, sólo se conseguirían con los postulados de un nuevo orden, ya saben, aquel de montar guardia en los luceros. No creo que sea para tanto, salvo que Europa entera se pase al populismo y reniegue de sus propios fundamentos, eso sería otro supuesto, aunque ya pasó, no lo olviden. La llegada a los diferentes poderes autonómicos pondrá a prueba su verdadera capacidad política, y si lo hacen mal, las urnas se lo tendrán en cuenta. Es todo. Es la democracia parlamentaria, señores. Habrán de pasar, los electos de Vox˗, la prueba de los resultados y se verá cómo los administran. Tendremos que acostumbrarnos, sin embargo, a un nuevo lenguaje.

Sabemos que no se consideran tibios ni remilgados. Al pan, pan y al vino, vino, aunque el pan sea duro y negro y el vino un salta parapetos de mala resaca. Estos nuevos defensores de los valores patrios no han llegado por la vía del milagro de San Pelayo. ¡No! Han sido elegidos por los votos de los vecinos, que, como usted y yo, tienen criterio propio. Por tanto, mesura y tino. Necesarias para mantener un sistema político, que mientras no se demuestre lo contrario, es el mejor, a pesar de los muchos fallos que lo hacen aborrecible en demasiadas ocasiones. Es tan bueno, que tiene la grandeza de acoger en su seno a todas las opiniones. Debería de ser tan bueno como para evitar que a alguien se le ocurra imponer exclusivamente las suyas.

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