Opinión | EL TRIÁNGULO
Juego limpio
Lo confieso: me gusta el fútbol. El bueno. El que todo aficionado ansía ver, no solo porque la victoria final se la lleve su equipo sino porque ha sido un partido disputado, igualado, corrido y arriesgado por ambas partes. Si me apuran, a veces no me importa que pierdan los míos si el encuentro ha valido la pena. Si los 90 minutos me han mantenido metida en el campo, sin distracciones de móvil, con los ojos puestos únicamente en el once contra once, ha sido un buen partido. Lástima que haya pocos de este tipo.
Por eso a veces me consuelo con el tenis. Como hace unos días ocurrió con la final de Wimbledon. Alcaraz se impuso a Djokovic en un partido competido, tenso, de tú a tú, set arriba, set abajo, con remontada incluida cuando parecía ir por el mal camino para el jugador español. Los dos dieron lo mejor de sí, rindieron al máximo nivel, honestamente, explotando cada uno sus mejores cualidades, tirando de cabeza, con calma cuando el juego lo requería, con agresividad cuando demandaba un golpe de efecto. El triunfo del tenista murciano provocó la admiración incontestable incluso de su rival, que reconoció haberse enfrentado a un jugador que reúne lo mejor de Nadal, Federer y él mismo. Las características de toda la élite del tenis mundial en un mismo cuerpo. El del joven Carlitos.
Lo que no me gusta es la marrullería. La pantomima, el trilerismo, el trampantojerismo que algunos han instalado en la vida pública como forma de conseguir su objetivo. La mentira, las medidas verdades, las supuestas equivocaciones repetidas mil veces. El hacerse el sueco cuando públicamente señalan y enumeran esos engaños que reiteras una y otra vez. El difama que algo queda, el fin justifica los medios, machaca a diestro y siniestro, y siéntete impune.
La campaña electoral, esa final deportiva a la que las formaciones políticas se enfrentan cada cuatro años no puede basarse en soflamas engañosas, manipulaciones y falacias. Y mucho menos atacar al mensajero cuando al candidato de turno solo hace que reiterar una lista interminable de inexactitudes. Es como echarle la culpa al árbitro por pitar penalti cuando un jugador toca el balón con la mano en su área.
Decir la verdad no solo no tendría que estar penalizado sino que debería ser la condición mínima exigida a nuestros representantes políticos. Si transigimos, permitimos e incluso bendecimos la mentira, ¿qué esperamos de ellos en el futuro? ¿La honestidad que no tuvieron antes? ¿Qué estamos enseñando a esos jóvenes que confiesan abiertamente informarse exclusivamente por redes sociales y no ver los informativos ni leer los periódicos? ¿De verdad alguien quiere ganar unas elecciones donde el juego no es limpio?
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