Ya falta poco

Vivimos el verano comiendo gambas, pero sin quitarle el ojo a los sucesos que se originan

Eugenio Mateo

Eugenio Mateo

Está a punto de caer el telón sobre esta época a la que llamamos verano. En unos días, todo volverá a su realidad. Antes, cuando éramos diferentes, el periodo estival era simplemente un paréntesis que, al finalizar, nos llevaba a retomar la actividad de la vida sin que nada hubiera cambiado en ese tiempo. Nos incorporábamos al trabajo y nos encontrábamos con los compañeros para entrar en una apasionada exposición de los logros vacacionales en una feria de vanidades con una parafernalia de imágenes de playas, palmeras, paellas al amor del chiringuito, tripas indecentes al socaire de las olas y niños o novias, o qué sé yo, cualquier cosa que atestiguara haber sido el campeón de la canícula, como el bronceado, sin ir más lejos.

Ahora, que nos han hecho diferentes sin darnos cuenta, el sol quema y produce cáncer. Broncearse paga un canon a los laboratorios. Vivimos el verano comiendo gambas, pero sin quitarle el ojo a los sucesos que se originan perdiendo el respeto a la sacrosanta tradición del veraneo. Lo primero que rompe ese espíritu lúdico que según dicen, recarga las pilas, es el calor.

No me dirán que podrían asustarnos las temperaturas a un paisanaje curtido en mil mediodías y sin embargo, las olas de calor han pasado a convertirse en tema principal de conversación, salvo en las de los negacionistas del cambio climático, que haberlos, hay los, incluso ya mandan. Vendrían después una catarata de sucesos que no permitieron el sosiego, necesario para intentar sentirse libre de las maniobras de este mundo traidor.

Nos hicieron votar con ambiente sahariano y el endiablado resultado de nuestra elección resultó ser una carambola de la vida, -siempre se podrá echar la culpa a la calorina en los sesos- digo carambola porque a ver como se asimila en los ciudadanos que aquel que parecía el enemigo público número uno sea el que corta el bacalao. Billar de alto nivel. Total, que, con el fondo del sonsonete político, la película del verano está resultando un tanto pesada. Realmente, igual me precipito y resulta que los veraneantes y turistas están más a lo que toca: pasárselo bien, incluso con investidura. Es lo que haría si yo fuera veraneante.

Volverán en septiembre y amén de las fiestas de pueblo, de algún concierto, de ese bar con un camarero amable o de esa mariscada con mucho mejillón, se enterarán de lo que hay, y les parecerá que es lo que hay. De todas formas, apurarán los días por calles recalentadas y abusos hosteleros sin importar el gentío circundante. Cualquier tema que resulte útil para olvidar el regreso es válido.

Fíjense en un tema menor, aunque sea del espacio: las lágrimas de San Lorenzo. Cada agosto se dejan ver en el cielo las Perseidas, estrellas fugaces, y son cada vez más los que quieren verlas. Más de uno se ha llevado una sorpresa cuando han visto desfilar una sucesión de puntos luminosos, como una Santa Compaña espacial, y más de uno habrá pensado en un avistamiento extraterrestre. Nada de eso, se trata de los satélites con los que Elon Musk va a cubrir todo el espacio terrestre para un negocio gigantesco: llevar Internet a todos los rincones del globo. Su proyecto tiene tanto de megalomanía como de peligroso. ¿Habrá pensado en poner guardias para ordenar el tráfico de treinta mil satélites como pretende? Si no lo remedia nadie, las noches de Perseidas serán las noches de Starlink y el verano será otra cosa para tanto deseo invocado al paso del polvo de estrellas.

En la ciudad, la moda del destape sigue causando más de un estupor. El desfile constante de canillas al aire dota a los caballeros un aspecto informal, a la vez que sencillo y elegante. Hay bermudas y bermudas. Todo depende del sentido del ridículo. La exhibición de centímetros de pieles femeninas a veces puede provocar algún conato de machismo, pero no siempre la belleza es la que marca la estética, ni mucho menos el buen gusto. Todo esto cambiará cuando el verano sea memoria. Ya falta poco.