Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA
Antisemitismo
La Alemania nazi de Hitler asesinó a más de 6 millones de judíos en las cámaras de gas
«Al judío, dadle un palmo y se tomará cuatro». Este refrán, extraído de los archivos correspondientes al medievo español, da una idea de la estereotipada y sectaria consideración que la sociedad cristiana de la época tenía de la hebraica o judía.
Y si cierto es que las tres religiones monoteístas (cristiana, musulmana y judía) vivieron conjuntamente durante la Edad Media en ciudades y pueblos de España, no menos lo es que sus relaciones estuvieron basadas –por lo general– no en la modélica convivencia, sino en la vandálica violencia.
Antes de ser expulsados de España por los Reyes Católicos, la comunidad judía estaba sometida a un específico impuesto (pecho, o contribución) llamado «judería», consistente en una cantidad de dinero anualmente fija, que les garantizaba protección en caso de guerra.
Pero la contribución más asombrosa a la que hubieron de hacer frente los judíos en España durante la Edad Media fue el llamado impuesto de «Juderiega», un tributo escrupulosamente obligatorio consistente en 30 dineros por persona, cada año, en pena por haber vendido a Cristo por 30 piezas de plata. De este modo, la sociedad cristiana hacía recaer interesada y directamente sobre los judíos el sambenito de haber sido ellos quienes habían traicionado a Jesús, siendo además un apóstol llamado Judas (la homografía y la homofonía entre Judas y judío no era una cuestión banal), quien –para más inri, había sido el encargado de administrar el dinero de la comunidad de Jesús y sus apóstoles– había entregado a Cristo a los romanos en el Huerto de los Olivos.
Y de aquella mítica traición del pueblo judío a Cristo, derivaría, a partir del siglo XIII, la también mítica figura del «judío errante», que vagaba eternamente por todo el mundo al haberse negado a socorrer al Cristo sediento camino de la crucifixión. Una clara alusión a la diáspora del pueblo judío a partir del año 135 d. C., fecha en que el emperador Adriano consumó la destrucción total de Jerusalén y los judíos, dispersos a partir de entonces sobre toda la faz de la tierra, cesaron de constituir una nación.
Otro de los términos peyorativos contra los judíos a lo largo de la Edad Media y hasta comienzos del siglo XX, fue el de «hebreo», no en su connotación original (primer nombre del «Pueblo de Dios», nombre que dejaron después para tomar el de «israelitas» primero y el de «judíos» después) sino como despectivo sinónimo de «usurero». Y ello porque el derecho canónico proscribía el préstamo con intereses, algo que la religión cristiana consideraba que era usura. De hecho, el concilio de 1179 negaba la sepultura a los usureros y solamente podía haber prestamistas (puesto que no profesaban la religión cristiana) entre los judíos, quienes, de este modo, pasaban a ser personas consideradas como materialistas e interesados y, por lo tanto, ajenos a la caridad cristiana.
En cuanto a su expulsión de España (Sefarad, en lengua hebrea) la aversión contra los judíos no fue solamente propia de nuestro país, sino que constituyó una perversión que permeabilizó y se extendió por todo el continente. De tal modo que en la mayoría de países que hoy conforman la Unión Europea, las personas judías no gozaron de los mismos derechos que el resto de ciudadanos hasta bien entrado el siglo XX y en algunas naciones de la Europa del Este, como fue el caso de la Rumanía del dictador Ceaucescu, incluso hasta varios años después de finalizada la II Guerra Mundial.
El antisemitismo (término utilizado por vez primera en 1873 por el periodista alemán Wilhem Marr) tendría su punto álgido en Francia en el año 1894, cuando estalló el denominado caso Dreyfus, apellido de un capitán judío que fue falsamente acusado de ser un espía de Alemania, para encubrir al que el alto mando francés sabía que era el verdadero culpable: un oficial de rango superior apellidado Esterhazy, quien –por supuesto– además de ser el traidor espía, no era judío.
La coartada de acusar a una persona inocente por su condición de ser judía, volvería a repetirse en la Rusia de los zares a comienzos del siglo XX, cuando la Okhrana (los servicios secretos del zar Nicolás II) auspiciaron la publicación, en 1902, de una extraña obra: Los protocolos de los sabios de Sión, en la que los judíos aparecen como instigadores del Anticristo. La amplia comunidad judía rusa (a la que la política zarista pretendía expulsar fuera de los límites del imperio) aparece en ella como el chivo expiatorio perfecto en el que reportar todos los males que padecía el imperio zarista, para lo cual (y éste era el propósito de la obra) los rusos debían unirse contra los judíos en torno al trono de su emperador y del sagrado estandarte de la iglesia ortodoxa.
En el caso de Alemania, y con Hitler en el poder desde 1933, el antisemitismo nazi llegó hasta límites inimaginables, llegando a promover, a partir de 1937, exposiciones antisemitas que iban a ser la punta de lanza para justificar las políticas de exterminio venideras y la adopción (por parte de la población alemana) de una actitud pasiva ante aquellos crímenes de lesa humanidad. Esta pusilánime actitud de la población ante la barbarie y el sufrimiento ajeno es lo que la filósofa alemana Hannah Arendt denominó «la banalidad del mal». La Alemania nazi de Hitler asesinó a más de 6 millones de judíos en las cámaras de gas durante la II Guerra Mundial (1939-1945). Un genocidio que se conoce con el nombre de Holocausto y al que el pueblo judío denomina, en hebreo, la Shoá (la Catástrofe).
En estos días, en que Israel está en guerra con la organización terrorista Hamás y realiza intensos bombardeos sobre la Franja de Gaza para erradicar el terrorismo islámico alentado por Irán, las manifestaciones antisemitas se han recrudecido hasta tal punto, que el Gobierno israelí ha recomendado a la población judía mundial que se abstenga, en su vida diaria, de mostrar símbolos externos (kipá, caftán negro…) que denoten su ascendencia judía, con el objeto de evitar agresiones.
Aquel horror que parecía tan lejano, el del antisemitismo, resurge ahora, como un fantasma redivivo, amenazando seriamente la convivencia y la paz mundial.
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