Opinión | SALA DE MÁQUINAS
Diario de un náufrago
En 1593 partió de Sevilla una expedición hacia Perú. Tras sucesivas escalas en Canarias, Antillas Menores, Margarita, Nombre de Dios y Panamá, medio centenar de pasajeros embarcaría en la costa del Pacífico rumbo a Lima. Pero, en la llamada costa de Esmeraldas, entre Ecuador y Colombia, la nao naufragó y los supervivientes tuvieron que caminar cientos de kilómetros por peligrosos parajes.
Uno de ellos, Pedro Gobeo de Vitoria, narró la aventura en un libro que sería publicado en España en 1610, y que ahora la editorial Crítica recupera con el título de Naufragio y peregrinación.
La localización de esta joya se debe al latinista de la Universidad de Jaén Raúl Manchón Gómez, quien encontró el último ejemplar de la pequeña edición de 1610. El historiador Miguel Zugasti se ha encargado de limar discordancias y, sobre todo, de proporcionarnos notas explicativas que hacen más comprensible y rica la lectura.
El relato original de Pedro Gobeo de Vitoria, testimonio directo de aquella expedición de finales del XVI, se extiende en un centenar largo de páginas. No es el relato de un conquistador, ni siquiera de un cronista erudito, sino el diario de uno de muchos de aquellos soldados que iban ampliando el dominio español en las costas americanas.
La del Pacífico ecuatoriano fue descrita con profusión en Naufragio y peregrinación. No lo hizo Pedro Gobeo a la manera de un militar o un naturalista consciente de estar componiendo algo que se seguiría leyendo siglos después, sino como un espontáneo reflejo de sus peripecias, de sus relaciones con otros soldados, de sus pensamientos, temores, frustraciones, alegrías y esperanzas. Narración muy humana, tanto como alejada del tono de un Díaz del Castillo o de un Cieza de León, ceñida a los sentimientos de un español del Renacimiento que, en un territorio extraño, rodeado de indios, de un mar huracanado, de una selva con toda clase de peligros, logró sobrevivir, vivir y revivir escenas conmovedoras, como aquella en la que se vio obligado a asistir en su agonía a un compañero de tan solo diecisiete años, que moriría en una playa perdida atacado por una súbita infección.
Testimonio y fuente original, diario colonial de un español del Siglo de Oro… Un libro que es un tesoro.
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