Opinión | EDITORIAL
La necesaria estabilidad de los partidos
Cuando los partidos políticos entran en crisis, algo que suele ocurrir al cosechar resultados electorales adversos, su situación interna puede contaminar todo el espectro político y dificultar las alianzas y los consensos que reclama la gobernabilidad de un país. Esta verdad es particularmente cierta cuando hablamos de organizaciones con una larga historia y que han tenido un papel relevante en el Govern, como es el caso de Esquerra Republicana de Catalunya. Esquerra ha entrado en un inevitable periodo de reordenación de sus políticas y de su equipo dirigente como consecuencia del retroceso electoral que sufrió del 12 de mayo. Un proceso que culminará a finales de noviembre con la celebración de un congreso, y que ha empezado con un clima de confrontación preocupante. Incluso la fecha del congreso ha sido el resultado de un tenso debate entre los dos pesos pesados del partido, Oriol Junqueras, y la secretaria general del partido, Marta Rovira, que ha impuesto en primera instancia su punto de vista desde Ginebra. Por el momento, el único acuerdo, anunciado la noche del 12M por el president Pere Aragonès, ha sido el de desentenderse de la formación del nuevo Govern de la Generalitat. Una posición difícil de entender, y de sostener en el tiempo, teniendo en cuenta que se trata del partido que gobernaba y que fue Aragonès quien anticipó estas elecciones.
Los principales dirigentes de ERC han adoptado decisiones que deben respetarse. Aragonès fue el primero en anunciar que se apartaba de la primera línea política. En un país poco dado a las dimisiones, el gesto le honra. Marta Rovira tampoco va a seguir en la secretaría general, otra decisión respetable, máxime cuando ha verbalizado sus razones: la necesidad de renovar los liderazgos del partido. Incluyendo también, se entiende, el del presidente del partido. Sin darse por aludido, Oriol Junqueras ha adoptado una actitud distinta, tan legítima como la de quienes dan un paso al lado. Dimitirá tras las elecciones europeas del próximo 9 de junio, pero optará a la reelección como presidente en el congreso de noviembre.
Esquerra Republicana de Catalunya se enfrenta pues a unos meses tan interesantes como difíciles, donde los afiliados deberán discutir y votar propuestas programáticas y elegir presidente, secretario general y ejecutiva. Entre tanto, el partido deberá enfrascarse en la negociación para la Mesa del Parlament (antes del 10 de junio) y para la formación del nuevo Govern de la Generalitat de la que no puede simplemente desentenderse. Todo ello, además de participar en las elecciones europeas del 9 de junio en las que concurre en coalición con Bildu y el BNG. Una agenda compleja para un partido golpeado por los resultados del 12M, frustrado por no haber podido o sabido capitalizar su presencia al frente de la Generalitat e irritado con el PSOE por considerar que Pedro Sánchez le ha dado más cuerda de la debida a Carles Puigdemont. No es esta la primera crisis a la que se enfrente un partido como ERC, casi centenario. En algunos casos, las ha resuelto de manera traumática, quedando marginado de la vida política. En otras, ha sabido hacerlo de manera más consensuada, escuchando los nuevos aires que soplaban en la sociedad catalana.
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