Opinión | SALÓN DORADO

Relaciones exteriores

Esta semana se ha liado una buena debido a las declaraciones cruzadas entre el presidente de Argentina y el jefe del Gobierno de España. La cuestión viene ya de lejos, antes incluso de que el señor Milei ganara las elecciones a la presidencia de la República, aunque todo se agravó cuando el maleducado ministro de Transportes, al que más le valdría dedicarse a arreglar su negociado que a ejercer de ignorante tuitero impenitente, dijo que le parecía que el presidente argentino tomaba alguna sustancia poco recomendable para la salud mental, o algo así. Luego vino por aquí el histrión de Milei para lanzar todo tipo de improperios, si son ciertas o no sus acusaciones ya lo dirá la justicia, contra todo lo que se menea a su izquierda política, que es un espacio inmenso. Lo hizo con poca elegancia, malas maneras y desafortunadas expresiones, impropias de un estadista, más cercanas a una conversación de barra de bar a altas horas de la madrugada.

La respuesta del Gobierno español ha sido exagerada y teatral, cometiendo además el error, propio de regímenes totalitarios, de confundir a las personas, aunque sean el propio presidente y su esposa, con las instituciones. No. La esposa del señor Sánchez, independientemente de su figura y de su persona, no representa ni las esencias ni los valores ni las virtudes de toda una nación, como tampoco los representan los discursos parciales, tendenciosos y maximalistas del partido político Vox, que acogió en su mitin en Madrid a Milei como superestrella mediática.

La política internacional no debería ser así, pero en España, y ahora también en Argentina, la querella doméstica y el interés partidista priman sobre el interés nacional y colectivo.

Quienes obran de este modo son políticos pequeños y muy menores, sin el menor sentido de lo que debe ser un país que quiere transmitir dignidad, grandeza y justicia.

Desgraciadamente, y los ciudadanos que votan son quienes los eligen, muchos políticos se guían por impulsos primarios propios de un egoísmo narcisista. Milei y Sánchez son dos claros y palmarios ejemplos de este tipo de gobernantes inmaduros, inconscientes, insensatos e insensibles, que son capaces de arrastrar hasta el borde del precipicio a toda una sociedad merced a una chulería y una ambición sin límites.

Dos tipos como éstos nunca deberían haber llegado a tan altos puestos; si lo han conseguido es porque quienes manejan el mundo están empeñados en formar una sociedad de ciudadanos acríticos y lelos; y, por lo visto, lo están consiguiendo.

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