Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Tensión política asfixiante

Lo más novedoso en los últimos años es una sobrerrepresentación de la política en las parrillas televisivas

La televisión, a través especialmente de las tertulias, ha corrompido el diálogo político hasta un límite insoportable al punto de contaminar el propio comportamiento de los políticos y también de la sociedad. La política en las televisiones se ha convertido en un espectáculo, cual si fuera un partido de fútbol o un programa del corazón. El primer precedente fue el debate televisado entre Kennedy y Nixon el 26 de septiembre de 1960.

Lo más novedoso en los últimos años es una sobrerrepresentación de la política en las parrillas televisivas con la proliferación de las tertulias por la mañana, tarde y noche. Probablemente porque pueden cubrir muchas horas de audiencia a bajo coste. La mayoría de ellas se basan en comentar y discutir sobre temas de actualidad política por parte de una cantera de periodistas, que tienden a la bronca, los debates sin fundamento y la confrontación directa sin miramiento alguno. No se escuchan y se interrumpen continuamente. Lo importante para que suba la audiencia es la gresca. Proporcionar una información veraz y un análisis sosegado y crítico de la realidad no interesa. Quienes eligen está última opción, desaparecen de las tertulias.

Ha surgido una nueva clase los «tertulianos». Podemos llamarlos mejor todólogos. Saben de todo: de economía, política, historia, justicia, constitucionalismo... No hay tema que se les resista. Es realmente prodigioso. Suelen ser unos pocos y casi siempre los mismos. Por ello, sabemos de entrada el relato que van a transmitir y por qué opción política se van a inclinar. Precisamente por eso, los contratan las grandes cadenas de televisión, vinculadas con los partidos políticos. Sería conveniente indagar qué empresas hay detrás. La información es poder. Y está mediatizada por la propiedad, la política, la publicidad y el público. El propietario marca la línea ideológica. La política a través de subvenciones y propaganda institucional. La publicidad es clave. Para algunas tertulias es un problema de mucho mayor calado la okupación que los desahucios. ¿Esa preferencia está relacionada con la publicidad sufragada por las empresas de seguridad? Y por último, el público. Ya Balzac en su Monografía de la prensa parisina, escribió en el primer tercio del siglo XIX: «El tenor de cada periódico juega, pues, a agradar a sus abonados». El público busca una información que reafirme sus creencias.

Quiero detenerme en una tertulia en concreto, que podría ser ejemplo de otras. Es una tertulia matutina, que se autoproclama urbi et orbi paradigma del pluralismo informativo y de la libertad de expresión, en Telecinco, presentada por Ana Terradillos, en la que aparecen entre otros los siguientes tertulianos:, Eduardo Inda, Isabel San Sebastian, María Claver... Estos jamás han reconocido mérito alguno a Pedro Sánchez, ni han hecho crítica alguna a Isabel Díaz Ayuso. Todos afincados en la capital de España. Para introducir el tema a debatir, muestran siempre los titulares de la prensa madrileña: La Razón, el ABC, El Mundo, y, a veces, La Vanguardia. Nunca recurren al Faro de Vigo, El Periódico de Aragón o Málaga Hoy... ¿El periodismo periférico no puede aportar nada al debate político nacional? Parece que no. Somos provincianos. La realidad es la que es. Madrid ha terminado acaparando el mensaje en todos los campos. Solo ocurre lo que acontece en la capital. Es un ataque a la pluralidad informativa. Y en este centralismo mediático, es obligado recabar la opinión de Isabel Díaz Ayuso y de José Luis Almeida. La de otros presidentes autonómicos y alcaldes prácticamente no cuenta. Solo se les pregunta a Page y Lambán. ¿Por qué? He ahí una buena pregunta.

Para el periodista portugués Gabriel Magalhâes: «España es un país de alto voltaje, atravesado por una línea de tensión y que siempre que vuelve a su país desde España se desenchufa y le invade una sensación de tranquilidad». Y acierta. Ya no es posible llevar una conversación sosegada. En la barra de un bar o en una sobremesa entre amigos. Se ha expandido un discurso agónico. No hay término medio. O conmigo o contra mí. Ya no hay un nosotros. Sería necesaria una reducción de la información política en la televisión, como también ciertas dosis de despolitización, ya que no podemos estar en una tensión política permanente. En democracia la politización es una opción valida pero no obligada. Tras una década de hiperpolitización iniciada con la crisis de 2008, necesitamos que la política vuelva a su cauce normal, y que en cierta medida la ciudadanía se despreocupe de ella. Para ello están los políticos. No obstante, mucho me temo que si no se produce una desespectacularización de la política, la conversación social no recuperará un tono sano, clave para el funcionamiento de nuestra democracia.

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