Opinión | La rúbrica

Sin mangas y a lo loco

Los humanos vivimos de uniforme, aunque vistamos de sport. Llevamos la ropa que debemos y no la que queremos. Nos obligan a vestir como nos exigen y acabamos siendo un producto de moda. El uniforme es la única moda universal que recorre de forma transversal todas las culturas y épocas. Ese traje homogéneo iguala tanto como separa. Da igual que hablemos de un colegio privado de élite, como de presidiarios. No sabemos si la personalidad se expresa a través de lo que lleva puesto una persona, o es el hábito el que consagra la identidad de cada monje. Los uniformes refuerzan tanto la idea de equipo colectivo como la despersonalización del individuo. Unos dan prestigio y otros dan vergüenza, pero todos influyen. Aunque el examen y la nota final de cada modelo la ponen los otros en función del momento y significado del ropaje. Los disfraces sirven para cumplir la fantasía de uniformidad. La paradoja es que queremos destacar de los demás poniéndonos la vestimenta de otros.

Indultamos a quienes visten de forma estrafalaria. Pero somos intolerantes con los que destacan con sus ideas frente la uniformidad social. Se nos exige excelencia, pero repudiamos a los que se distancian de la normalidad acogedora. Tanto, que el ninguneo llega a ser de una hostilidad exacerbada más propia del acoso. Los que se obsesionan con moldear a personas y grupos, para que vuelvan al redil de la uniformidad, manifiestan el llamado «síndrome de Procusto». Un término más llamativo y divulgativo que científico, pero que rebosa sentido común. El mito griego que toma el nombre de este descendiente de Poseidón viene de la curiosa manía de comportarse que tenía este hijo de la gran divinidad, con los invitados que acogía. Tras agasajar a los huéspedes en su morada, y quedarse dormidos, contemplaba si la cama era apropiada para su tamaño. Si les venía pequeña, con unas adecuadas amputaciones de extremidades lograba que quedaran a juego con las dimensiones del catre. Y si les sobraba camastro, rompía los miembros de los convidados con un mazo para así poder estirar sus huesos a medida del lecho. No les daré más ideas a los de Ikea pero ya ven que el desarrollo modular de mobiliario se patentó hace tiempo.

La moda es una tendencia que se adapta con los tiempos en la forma de vestir. Cuestión de gustos que cambian con la historia, como la música y otras bellas artes. Las creencias también se han ido amoldando a los tiempos y los mitos dieron paso a las religiones. En cambio, la ciencia evoluciona por acumulación de conocimientos y por necesidad de adquirir nuevas enseñanzas. Lo sabido se cuestiona con lo aprendido. Gracias a la disconformidad científica, que es la antítesis de la uniformidad religiosa, la humanidad sigue avanzando.

La política está llena de vestimentas uniformes de elegante corrección. Aunque lo peor es que se llene de guerreras. Hay poca informalidad institucional en las prendas y demasiada en las bocas. Apareció la reina Letizia en deportivas, tras un accidente podal (cosas de la jardinería, supongo). Zelenski es la Marylin Monroe de las camisetas. Es el único líder que saluda, sin mangas y a lo loco, a Felipe VI y a Pedro Sánchez. No sabemos si el look le viene de su época de cómico o de tanto ver El sargento de Hierro (Clint Eastwood, 1986). Este hombre necesita más mudas que bombas. La ropa de los dirigentes se vuelve minimalista en la medida en que invaden tu país. De seguir este criterio, los responsables del nuevo Estado Palestino que acabamos de reconocer presentarán sus credenciales tal y como vinieron al mundo. O lo que es peor, tal y como los despiden del mismo los bombardeos genocidas del gobierno israelí.

Para apoyar la solución final contra el pueblo palestino, Abascal fue a Jerusalén para respaldar los asesinatos de Netanyahu. Se puso corbata, a juego con su traje de enterrador, para saludar al descorbatado verdugo que visitó. El dirigente de Vox denigró el decorado con la bandera de España, como si representara a alguien más que a su corte de fascistas. El problema de esa instantánea no son sólo sus protagonistas, sino el socio que tiene en Feijóo como (in) voluntario fotógrafo indiscreto. La ultraderecha está siendo la camisa de fuerza de algunas respetables ideas conservadoras. Y puede terminar siendo una mordaza para sus posibles votantes.

Al final, la elegancia del estilo personal es la coherencia que nos hace sentirnos cómodos con nuestras ideas. Y como decía Audrey Hepburn, la elegancia es la única belleza que nunca desaparece.

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